EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Pues nada... en fin...

El lunes habrá que ver cómo ha quedado el panorama y seguir conviviendo con los fulleros

Pues nada y en fin son probablemente las dos coletillas más usadas por quienes hablamos español para concluir, sin hacerlo nunca del todo, una buena parrafada. Pues nada... En fin... No hay más qué decir, y si lo hay no damos con ello, no lo sabemos; pero no cerramos la puerta del todo, y puede que en unos segundos nos repongamos del lapsus y retomemos el hilo de lo que estábamos diciendo, o nos enfrasquemos en otro asunto, o sí, nos vayamos de cabeza al terapéutico y balsámico silencio. En los charlatanes es casi siempre un modo de coger aire para no ser víctima de una congestión y poder pasar de un asunto a otro sin solución de continuidad contra su interlocutor -es un decir, aquí no hay interlocución que valga, no abre la boca, asiente estoicamente- que no piensa en otra cosa que en un rotundo pues nada y en un determinante en fin mientras, anhelando oír cualquiera de las dos expresiones pronunciadas por el bocachancla para encontrar una salvadora vía de escape, asume silenciosamente un aquí estamos.

¿Es bajar los brazos? ¿Es dejarse arrastrar por la corriente que arrambla con todo lo que encuentra a su paso, incluido uno mismo, todo lo que ha sido y lo que le quede por ser? ¿O no es, por el contrario, echarse a un lado y correr y alejarse y subir a lo más alto y esperar a que pase el torrente contemplando -o ni siquiera eso, mirando para otro lado- sin ser salpicado por todo el ruido y la furia de un turbión de embustes, bulos, falacias, insidias, tergiversaciones, patrañas, insultos, engaños, amenazas con el que alguno está forjando su éxito porque muchos consideran que está diciendo "las verdades del barquero"? La mentira es más atractiva. "La voz de la verdad es discreta, la de la mentira ruidosa", escribió Joseph Roth en El orador apocalíptico. Y así se anega todo. Después, cuando haya pasado la inundación -puede que el lunes, puede que cualquier otro día, puede que nunca, a saber-, habrá que bajar y acercarse a ver cómo ha quedado el panorama y seguir conviviendo entre el lodazal removido por los fulleros, de cuyos enredos habrá exégetas -algunos no menos embaucadores- que querrán hacernos creer que tienen explicaciones y también respuestas acerca de todo lo que ha pasado y pronósticos sobre lo que pasará. Mientras esperamos entre ellos una nueva y próxima riada con un aquí estamos.

Pues nada... En fin...

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