Son muchos los términos que forman parte de nuestras vidas desde que todo esto empezó. Por lo menos hemos adaptado nuestro comportamiento a esos conceptos. Bueno, no sé exactamente si lo hemos adaptado realmente, o solo lo que decimos respecto a nuestro comportamiento. Uno, antes, ni escalaba ni desescalaba nada (igual el verbo ni existía para conjugar), las fases eran solo etapas de un proyecto (pero muy reservadas para lo muy técnico, pelín petulante), o las partes chulas de una competición futbolera (en el vulgo tranquilo), y la normalidad (¡ay, la normalidad, la vieja!) era el tran-tran machacón de la rutina de que huir en cuanto se podía. La normalidad (¡ay, la nueva, la rara!) es la tierra prometida, aunque sospechemos a ratos, si creemos que el sentido crítico no delinque, que verdaderamente es de misión.

Fase tres para la mayoría. Dos, para el resto. Nadie queda en la muy limitada fase uno. La vista puesta en la manoseada denominación rutilante conocida como nueva normalidad. Las fases han despertado el instinto competitivo de los territorios. Tampoco es exacto, hoy no doy una. Los territorios no compiten. Los territorios son trozos de tierra, piedra, verde, agua, alquitrán, hormigón y cemento, con límites pintados en un mapa. Lo que pasa es que los territorios los pisan personas; muchas de ellas los habitan y algunas los gobiernan. Y esos sí compiten. Por todo. Hasta por la medalla de gilipollas. Con honrosas excepciones, menos mal. Debe haber muchos hooligans, que no tocaron pelo hasta ahora, acojonados al saber que vienen los nuestros.

Contribuye a calentar la competencia el manual de estilo de la toma de decisiones. Nadie puede reprochar que se tomen. Incluso, nadie debería discutirlas porque no contenten a todos. Decidir al final es elegir entre sí o no. Hay veces que la decisión de otro se acerca a lo que uno espera y cabe la conformidad, pero otras se separa tanto el deseo de la realidad que frustra. No cabe objetar nada a eso, insisto, porque le toca a quien le toca. Lo que ocurre es que quien decide debe tener argumentos, porque si no, se tiende a confundir la decisión justa con la arbitrariedad. Si se tienen, ya que no dudo que existan (lo contrario no cabe en mi cabeza, a pesar de las peores expectativas que quepa contemplar), deben explicarse sin miedo. El silencio solo abona la especulación. Es poco inteligente pasar por ineficaz y oportunista cuando solo se es opaco y arrogante, salvo que se sea todo al tiempo (ineficaz, oportunista, opaco y arrogante) y entonces, claro, felices los cuatro.

Queda mucho menos. Esto sí parece definitivo. Digo yo que dejará de ser patriótico criticar o secundar, ciegos y sordos para el contrario. Quizás ahí toque razonar y evaluar. Y decidir. Y si es cambiar lo que decidimos, porque hemos cambiado (¡ay, y cómo!), ¿con cuántas fases se protegerán para conservar en la nueva normalidad el viejo discurso del "y tú más"?

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