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A estas alturas de mi vida, ¿quién me lo iba a decir? Pues parece que sí. Pero, vaya, un fachón en toda regla. Y bastante harto, por cierto, también, de tanta tontería.

Si uno se pasea por las redes sociales, donde suelo colgar comentarios sobre lo que pasa y lo que me pasa, guiados por mi soberano criterio de escribir lo que me venga en gana, o tiene la fea costumbre de echar un vistazo a esta columna de vez en cuando, donde practico igualmente tan libérrima conducta de publicar lo que quiero, podrá descubrir que en los últimos meses y, en particular, estas últimas y eternas semanas, he sostenido sobre el tema catalán que estamos instalados en un triste disparate. Coincido en esto con muchos otros, más o menos expertos en la materia, pero que atesoran un patrimonio inembargable: son, seguro, dueños plenos de la opinión que manifiestan. Con otros, lógicamente, discrepo. Incluso, vivamente, pero no los descalifico por pensar diferente.

Defender, como defiendo sin ambages, la respuesta legitima del Estado de Derecho frente a la agresión ilegítima del separatismo catalán, me convierte, a juicio de una importante proporción de mis conciudadanos (no vaya a ser que el término compatriota empeore su fallo) en un servil lacayo del gobierno conservador español, en un hipócrita defensor del uso de la fuerza policial para reprimir la sedición, en un nostálgico nacionalista español, en lo peor de lo peor: en un facha de toda la vida. ¡Ay!

Vale, pues provoco. Por eso, el título. Negar que lo sea en el contenido de esta columna sería tan obvio como improductivo. En algunos rincones conocidos, todavía deben andar descojonándose. Pero, que no lo sea, facha, no quiere decir que no moleste soportar el run-run machacón de una pandilla de "demócratas progresistas" que lo son tanto que niegan su misma condición a quien señale que es efectivamente demócrata garantizar el cumplimiento de la ley e imponerlo, en caso de persistir su violación. Te llaman facha a las primeras de cambio y mejoran su argumento, a renglón seguido, con el más completo y rotundo fascista. En fin, pueden venir por turnos que les sugeriré una actividad alternativa.

Para clarificar, más allá del insulto: Facha, no. En mi vida. Demócrata, sí. Desde siempre. Como si fuera un liberal de la costa Este. Por eso, me rebelo, sedicioso, no solo ante el atropello jurídico y político del separatismo catalán contra mi país, imperfecto y torpe, pero garante de derechos y valores, sino también frente al coro de oportunistas, disfrazados de buenismo (pero solo disfrazados) que le hacen el caldo gordo a los que pretenden destruir este sistema, buscando ellos mismos exactamente eso: destruirlo.

Y, ahora, que me llamen facha. Yo ni siquiera les diré ciento cincuenta y cinco veces que son gilipollas.

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