Relatos de verano

mireya hernández

Ocho estampas sureñas y un hombre menguante

Acabo de llegar a Sevilla y camino por las calles intentando captar todo lo que me rodea. Los cirios y los tambores de las procesiones de Semana Santa me hipnotizan pese a los esfuerzos de la lluvia por aguar la fiesta. A mi alrededor huele a azahar, a incienso y a pescado frito. Un músico toca frente a la catedral y sufre el desprecio de los paseantes como en la canción de Sr. Chinarro. Después llega una noche surrealista que se multiplica y crece a medida que pasan las horas mientras nosotros damos vueltas como polillas entre sillones rojos, risas y lúpulo.

Ilustración: Rosell Ilustración: Rosell

Ilustración: Rosell

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DE pronto el cielo se ha teñido de gris y han caído las primeras gotas en el río. "Hacía años que no veía llover en julio", ha dicho Clara mientras me ponía una sardina en el plato. Me he sentado a comer frente al ventanal. No había nadie en el puente ni en el paseo. Tampoco pasaban coches ni turistas. El único ruido era el de la barquita blanca meciéndose en el agua. Cuando me he terminado la sardina he visto llegar a Luis con la bici y un sombrero de paja en la cabeza. Los perros han corrido a recibirlo. "Qué maravilla", ha dicho al entrar en casa. Tiene la camisa empapada y sonríe. "Y encima hay sardinas".

La tormenta ha traído la calma al Paseo de la O. Es el primer sábado sin música ni gritos ni despedidas de soltera. Normalmente a estas horas el Guadalquivir se llena de barcos. Están los grandes y los pequeños, los de las celebraciones y los de las luces azules que brillan en la oscuridad. También están los de los conciertos latinos a bordo y los que enseñan la ciudad a los extranjeros a cambio de unos euros. Pero hoy no hay barcos ni piraguas ni pescadores. Hasta los patos se han escondido.

*

Mientras miraba cómo la barca se llenaba de agua me he acordado de lo que pone a la entrada del callejón de la Inquisición:

NO8DO

El día 10 de marzo de 1892

a las 7 de la mañana lle-

garon las aguas de la inun-

dación a la línea inferior

marcada en este

azulejo

y he pensado que esta zona de Sevilla habrá cambiado mucho desde entonces. Ya me lo dijo Clara una vez en la cocina: hace treinta años esto era peligroso. Ese mismo día me habló del olor a lejía de las trabajadoras que volvían con ella en el tren y del olor a pescado que había en el salón cuando compraron la casa. "En aquella época no tenía ventanas, sólo una puerta que daba al mercado y muchos tabiques". Ahora la luz entra por todas partes y los pájaros cantan en las ramas de los árboles.

Desde mi habitación veo la Giralda, la Torre del Oro y el Puente de Triana. También veo la torre del Altozano y el Castillo de San Jorge, sobre cuyos restos se levantó este edificio. "No habremos destruido todo hasta que no hayamos destruido incluso las ruinas", dijo Alfred Jarry. Pero aquí aún quedan piedras de la fortaleza que fue sede de la Inquisición antes de que las crecidas del río deterioraran sus muros y se convirtiera en un mercado de abastos.

*

Alfred Jarry murió en París poco después de cumplir 34 años. Su búsqueda de la libertad total le llevó a emborracharse sistemáticamente hasta acabar con su vida. Aquel fue su último gran acto de rebeldía. El 1 de noviembre de 1907 pidió un mondadientes y se despidió del mundo. Muchos años más tarde, en el Puente de Triana sobre el que ahora está saliendo el arcoíris, un hombre que solía vagar por el Paseo de la O aferrado a una botella de whisky, decidió precipitar el desenlace y saltó.

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Los primeros en aparecer con el sol han sido los patos. Al nadar, han dejado un rastro triangular como el que dibujan los barcos y las canoas en la superficie del agua. Luego un perro ha atravesado corriendo el paseo, pintando una mancha marrón sobre los adoquines. Y después han comenzado a llegar turistas engalanados y adolescentes cargando con bolsas de plástico.

He salido a dar una vuelta. Antes de llegar al árbol de la copa inmensa y la mansión color salmón con la hiedra cubriendo la fachada, he leído en una pared: "Me quería tan poco que dejó morir a mis naranjos". He seguido caminando hasta el hotel que está al final del paseo donde un día vi a una pareja que cenaba en silencio. El camarero se acercaba y les servía la comida, y cuando se iba, él cogía su copa y ella seguía con los ojos pegados al móvil. Me he quedado mirando la puerta de metacrilato donde pone, en grandes letras doradas: "RESPETO, HONOR, LEALTAD". David me dijo que era el lema de El Padrino y que recordaba haberlo oído en Scarface. Luego he descubierto que hay hombres que se lo han tatuado en el pecho y que es la consigna de los masones, los moteros y los defensores de la patria. Me pregunto a qué colectivo pertenecerá el dueño del hotel.

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En un embarcadero hay tres palomas peleándose por unas migas de pan. Al verlas me he acordado de Franco Battiato, de Alberti, de Keats, de Caetano Veloso, de Lola Beltrán, de Haneke, de Emilio Aragón y de la plaza de San Marcos. Estaba pensando en Venecia cuando el reloj que da las horas en lo alto del puente me ha devuelto a la realidad, la de las flores violetas de las jacarandas y el acordeonista que toca la misma canción una y otra vez.

He entrado en un bar y he pedido un refresco. En la barra había dos mujeres hablando. "Lo rescató un piragüista", decía una. La otra la miraba con los ojos muy abiertos. "De repente había cientos de personas agolpadas en la calle Betis y el Paseo Colón mirando cómo el niño pataleaba en el agua. Una mujer que viajaba en el barco gritó como si se estuviera desgarrando y al rato gritaron muchas más desde las dos orillas". ¿Y qué pasó?", ha preguntado la que no conocía la historia. "Un piragüista que pasaba por allí lo salvó antes de que se ahogara".

Cuando he salido ya estaba anocheciendo y el puente iluminado se reflejaba en el río. Al llegar a casa he subido a la terraza y he visto a un hombre descalzo achicando el agua de la barca.

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