Relatos de verano

Braulio Ortiz

Los días en Vermont

Marcos decidió que ese sitio se llamaría Vermont. Por aquí ya hay demasiados nombres de santos, opinó, y así rebautizaron Santa Cecilia como un enclave que nunca habían visitado y que ni siquiera sabían ubicar en un mapa, pero a todos los demás -Ernesto, Amelia, Gustavo, Leticia, Elisa, con Marcos eran seis, y Amelia decía nos falta uno para los siete magníficos- les gustó la sonoridad, convencidos de que renombrando ese lugar estaban apropiándose de él, inaugurando un espacio fabuloso que no respondía a la anodina realidad de los adultos.

Cuando, un cuarto de siglo después, Gustavo le cuenta su proyecto para Vermont a Ernesto, éste piensa en esas carreras de natación hasta alta mar

Allí pasaron los veranos de la infancia y la adolescencia, en un modesto bloque de pisos al borde de una cala, desprovisto de lujos, tan sólo un pequeño jardín donde simulaban de niños una invasión extraterrestre. Tras la construcción había un descampado donde aparcaban los coches y los yonquis saciaban su hambre de heroína, de ahí el miedo de los vecinos a pincharse una jeringuilla en el pie y a coger el sida, X (una vecina de una urbanización próxima, ninguno de ellos, en esa época estaban bendecidos y no podía ocurrirles ninguna desgracia) iba descalza y ahora tendrán que hacerle pruebas, aunque a pesar de aquellos temores Vermont, Santa Cecilia, fue lo más parecido a un paraíso que conocieron nunca.

Cuando, un cuarto de siglo después, Gustavo le cuenta su proyecto para Vermont a Ernesto, éste piensa en esas carreras de natación hasta alta mar, puede pasar un barco y que la hélice del motor os descuartice, ¿no lo habéis visto en el periódico?, o en los saltos al agua desde un muro cuya altura parecía concebida para ese propósito; piensa en los cines de verano, el Gran Cinema y el Álvarez Quintero, donde vieron películas que aún recuerdan con cariño y que hoy pertenecen a su educación sentimental, algunas de estreno y otras reposiciones; piensa en las colosales copas de helado de La Ibense, rematadas con nata y tocino de cielo y almendra, dispuestas como volcanes consagrados a la gula; piensa en los primeros amores y los primeros desencuentros, y en esa excitación con la que vivían lo uno y lo otro.

Y las canciones: esos años tuvieron su banda sonora.

¿Habría montado una banda Marcos de haber sobrevivido, o esa aspiración habría perdido ímpetu?

Décadas más tarde les parecía curioso que él, tan aficionado a la música, rechazara a la patrona de la causa, Santa Cecilia no, esto se llamará Vermont, él tan dado a compartir sus adquisiciones y a mostrar una flexibilidad de criterio por la que se apasionaba con todo, un abanico que iba del jazz o el grunge a la música clásica, John Coltrane, Stone Temple Pilots, Rachmaninov, Matías el de la tienda de discos de la calle Isaac Peral le hacía las recomendaciones y él estaba en una edad en la que todo poseía la fascinación de lo nuevo (Gustavo se mofaba de él: ¿No puedes escuchar a los Chanclas? Eres un exquisito y un repipi.)

El nombre inventado de aquel edificio arraigó en ellos con fuerza: nadie volvió a decir, si no era para comunicarse con sus padres o con alguien que no compartiera su código privado, Santa Cecilia. Por eso un Ernesto ya adulto llama a Amelia y le dice: Mi primo, el mamón, va a tirar Vermont.

Ella está en el vestuario del gimnasio, quitándose los zapatos y preparándose para una ducha, y tarda en asimilar la información.

¿A qué te refieres?, dice ella, pero se arrepiente de inmediato y asume que Ernesto se burlará de la pregunta. Entiende su parálisis: han pasado veinticinco años, y el recuerdo le viene como un golpe sordo.

Qué lejos quedan los baños, las películas, los bailes.

Es constructor, aviadora, hará pisos y áticos y garajes. La duda es si tiene pensada la piscina.

La respuesta no es en absoluto despiadada, pero ella encaja mal el sarcasmo.

Eres un cretino, Ernest Borgnine.

No dice, como es costumbre, señor Sabato o señor Hemingway; otras veces ella también lo apoda Che Guevara o Ernesto Alterio, porque tiene un amplio catálogo de Ernestos mientras que a él sólo se le ocurre una Amelia: Earhart, la aviadora. Él se inventó aquel sobrenombre una noche de agosto en que la abuela de ella tropezó con un escalón del jardín y se rompió la cadera. Cuando la ambulancia trasladaba a la anciana, Ernesto abrazó a la joven y le musitó: Todo irá bien, aviadora. Lo dijo porque era tocaya de Earhart, y había leído su historia en un libro sobre mujeres pioneras, pero también porque ella fantaseaba con irse lejos.

Normalmente oír ese apelativo, aviadora, la tranquiliza, pero esa tarde está baja de defensas.

(Ernesto y Amelia gastan la complicidad de dos amantes, pero nunca han tenido sexo entre ellos; no se dio la ocasión cuando eran jóvenes, y ahora una intimidad de ese tipo les resultaría parecida al incesto).

Después, Amelia llama a Leticia y le cuenta los planes de Gustavo (construir pisos en Vermont) y los de Ernesto (hace un cuarto de siglo que nos fuimos de allí, dice que hay que celebrarlo). En la imaginación de Leticia irrumpen las hormigas: cuando se enteró de la muerte de Marcos había una invasión de estos insectos en su cocina, habían fumigado y ella recogía sus minúsculos cuerpos cuando la madre le quitó la escoba, Deja eso ahora, tengo que contarte algo. Tal vez para espantar de sí ese malestar, para olvidarse también de los problemas que afronta en su trabajo, dice: Sí, por Dios, hagamos una fiesta. Yo aviso a Elisa, como ella vive allí puede encargarse de los preparativos.

Braulio Ortiz Poole (Sevilla, 1974) trabaja en 'Diario de Sevilla' y elabora contenidos de Cultura para Grupo Joly. Entre otros libros, ha publicado las novelas 'Francis Bacon se hace un río salvaje' y 'La fórmula Miralbes', y los poemarios 'Defensa del pirómano', 'Hombre sin descendencia' y 'Cuarentena'. De su obra han dicho: "En Braulio Ortiz Poole se distingue perfectamente una voz" (Luis Alberto de Cuenca, Onda Madrid); "atestigua un registro que en España parecía casi imposible, la reconciliación de la imaginación con el latido íntimo" (Lucas Martín, 'La Opinión de Málaga).

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios