Hay semanas que parece que transitamos entre la nada y el vacío más absoluto. Miro con escepticismo y suspicacia los datos que nos enseñan, sabiendo que son los datos que se enseñan unos a otros. Los miro así porque soy propenso a dudar de la verdad de las cosas y a mirar debajo -sub, debajo, specere, mirar: de ahí suspicacia-, no sé si es por deformación profesional de arqueólogo no ejerciente, o si fue la querencia a la duda y la curiosidad lo que me llevó a la maldita profesión imposible. El caso es que no hay cosa más frustrante que mirar debajo de algo y que no haya nada; es como cuando sueñas que te caes y pasas toda la noche en una eterna caída, hasta que llegas al punto de que te daría igual estamparte con tal de terminar el descenso y ver que hay al final. Así estamos, cayendo en el vacío sin saber a dónde vamos, sin movernos, y sin querer ir a dónde parece que nos quieren llevar, sin referencias claras en el horizonte y sin esperanza de que cese la expansión del contagio del que hace ya doce semanas les advertía: dicen que el virus es el más contagioso pero la gilipollez se contagia más y no hay vacuna, ni se espera.

La crítica al gobierno no sólo es legítima, sino necesaria; visto el panorama que nos ofrece el planeta Redondo, se puede llegar a entender el crecimiento reactivo del terraplanismo rojigualda que invade nuestras avenidas: ante la evidencia del despropósito, niega la más elemental evidencia de la necesidad de mantener la distancia y la prudencia, ahora que hemos conseguido contener el contagio del virus por debajo de la capacidad instalada del sistema hospitalario. Lo que no quita que el despropósito sea evidente. El PSOE ha muerto como intelectual orgánico colectivo, y lo que hay en la Moncloa es una suerte de virus cuyo único objeto es replicarse y mantenerse, lo mismo que hay en Génova 13, ídem que en la dacha de Galapagar e igual dónde demonios tengan la sede los voceros, que ni lo sé ni me importa. Omito a las periferias, porque tienen un propósito claro.

Y ahí está la clave del despropósito que estamos padeciendo: la inexistencia de propósito, que como todos ustedes no saben, viene de pro, hacia delante y positum, poner, es absolutamente nociva. Si es malo que el fin justifique los medios, peor es que los medios se auto justifiquen porque no hay fin alguno. Un país sin fin es un país cuyo fin se acerca. Una unidad de destino en lo particular en la que ningún segmento clientelar queda sin su acomodo en los reglamentos y fueros. Una caída perpetua en la nada, que empuja al personal a estrellarse, con tal de que acabe la incertidumbre. Mejor sería, al final de la caída, salir volando: no digo que tengamos como meta-país mandar un hombre a la luna -ya quisiera yo, y ser yo-, con producir aquí EPIS bastantes para nuestra gente ya valdría.

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