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La desnudez

¿Pueden los desnudos de la compañía Vértebro competir con los desnudos de Ribera o el Cristo muerto de Velázquez?

Ayer señalaba aquí Carlos Colón la controversia inane que ha suscitado una obra teatral, algo gazmoña y anticuada, que se representa en las naves del Matadero de Madrid. La función se titula Dios tiene vagina, y digamos que pretende ofrecer una mirada irreverente sobre los símbolos del catolicismo; y en concreto, de la Semana Santa en su versión andaluza. No deja de ser extraña la fijación de este tipo de obras con la religión, cuyo influjo en la sociedad es hoy marginal y, en cualquier caso, voluntario. Más llamativa aún es la utilización del desnudo como una suerte ensalmo contra la púdica mano de la Iglesia, cuando lo cierto, ay, es que la Iglesia ha sido el gran promotor del nudismo (artístico, se entiende), en los últimos cinco siglos.

Reconozcamos que los actores de Dios tiene vagina, desnudos, con calcetines blancos y tocados con un sombrero cordobés, ofrecen una imagen desalentadora. Sin embargo, de los mataderos Legazpi al paseo del Prado hay poca distancia, de modo que los actores de Vértebro, la compañía cordobesa que representa la obra, tienen ocasión de ver, entre pase y pase, algún desnudo artístico de motivo religioso. Yo les recomendaría el Susana y los viejos del Guercino, cuya palidez (la de Susana) no deja indiferente ni al más acerado anticlerical. También podrían detenerse en el espléndido San Sebastián de Guido Reni, y en la mórbida languidez con que figura su muerte. Luego podrían seguir con Tintoretto, Tiziano, todo Rubens, y así hasta llegar al Adán y Eva de Durero o a cualquiera de las Magdalena penitentes que allí se atesoran. Bien es cierto que ninguna de ellas lleva sombrero cordobés, pero para el asunto que nos concierne, no es una omisión tan grave. De hecho, hasta el lunes mismo pudimos contemplar en Sevilla un Murillo juvenil, donde una hermosa Magdalena nos ofrecía, junto con su aflicción, una ostensible y triunfal cálida belleza.

¿Pueden los desnudos de la compañía Vértebro competir con los desnudos de Ribera, de Rafael, de Poussin, del solemne Cristo muerto de Velázquez? Uno sospecha que no. Y tampoco con los desnudos burlescos, aleccionadores, de abrumada carnalidad, que pueblan capiteles y ménsulas del Románico. Cuando más, la desnudez de estos actores, tan anticuadamente naïf, acaso llegue a regalarnos cierta idea -también anticuada- del naturalismo. Una idea, lastrada por el pudor y la impudicia, que el gran arte religioso ignora. El desnudo religioso siempre escogió el esplendor, la hermosura, una viva y dramática grandeza.

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