La demonización del diésel (y II)

Censuraba la pasada semana las palabras de la ministra Ribera sobre el futuro del diésel. Me referiré hoy al fondo mismo del problema. De entrada, puede afirmarse que ninguna opción supone la panacea: ni el coche de gasolina aminora los riesgos, ni el diésel es tan nocivo, ni el automóvil eléctrico es tan "ecológico".

Lo primero es obvio: en este ámbito, la gasolina es la principal responsable de las emisiones de CO2. La reducción drástica de las mismas, exigida por la Unión Europea, es inalcanzable sólo con vehículos movidos por tal combustible. No existe aún tecnología disponible para eso. Si añadimos que no se está prestando el suficiente apoyo a los eléctricos, ni tampoco a los automóviles de gas (GNC o GLP), ha de concluirse que estigmatizar el gasoil y destruir su mercado es tanto como renunciar a cumplir los objetivos europeos en materia de CO2.

Lo segundo, en la práctica, depende de la antigüedad del vehículo. Es cierto que, en motores viejos, la contaminación producida por el gasoil (sobre todo óxido nitroso y partículas no quemadas) es totalmente inaceptable. Pero no lo es menos que los nuevos filtros de partículas, que son capaces de eliminar casi el 100% de éstas, y las llamadas trampas de NOX, que gracias a una disolución de urea (el denominado AdBlue) transforman los óxidos nitroso y nítrico en N2, una molécula de nitrógeno que es inocua, han hecho evolucionar rápidamente el diésel hasta convertirlo en una opción preferible a la gasolina. No se trataría tanto, pues, de acabar con él como de afrontar la renovación de un parque automovilístico demasiado añoso y contaminante. Siendo así, no se entiende bien por qué las autoridades desconocen tales transformaciones y siguen empeñadas en descalificar un combustible que, además de barato, ha suprimido sus desventajas.

En cuanto a los coches eléctricos, verdaderamente residuales en el presente, tampoco nos llevarán a la contaminación cero. Generar energía, salvo que sea mediante fuentes renovables, siempre tiene un coste en términos de polución, si no en destino sí en origen. Así lo reconocen los expertos que avisan también de los previsibles colapsos en la red.

No hay soluciones mágicas y la ministra miente: ni al diésel le quedan "días contados", ni es el malo malísimo de una película a la que, por otra parte, quizás sólo actuando con inteligencia, combinación de recursos y visión de futuro acabaremos encontrándole un final feliz.

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