Queda claro que el que le puso al cargo síndico de agravios sabía lo que hacía. En la Edad Media a la que quieren llevarnos por la malas o por las peores, el síndico era el defensor de una empresa o gremio, no de todos, de ahí el origen del concepto sindicato; bien es verdad, que como institución catalana la figura se remonta a finales del siglo XIV, y su función consistía en dar satisfacción a los agravios que sobre un habitante del país hubiera podido cometer el rey -de Aragón- o sus oficiales. Actuaba cual tribuno de la plebe, defendiendo al payés agraviado del abuso del poder. Este síndico de ahora, se toma lo de los agravios al pie de la letra, y carga el peso -de a, cerca, y gravis, pes- de las listas de espera en Cataluña a los españolitos de a pie que van a operarse allí.

Me cagaría en sus muertos, si no fuera porque entre ellos se encuentra mi admirado Vázquez Montalbán, que seguro que este lunes hubiera escrito algo sobre el tema: sería la columna 844 desde la última que escribió, hablando, por cierto, del acierto de la Generalitat al imponer la cruz de San Jorge a José Ángel Ezcurra, director de la revista Triunfo, y la titulaba Triomf, en catalán, porque era un intelectual cachondo e irredento, el único de su clase que se conoce en las filas comunistas. Muy al contrario que el tal Ribó, que sólo puede ser un degenerado o un impostor, o ambas cosas. Desde convencer al maestro para que convenciera a Planeta de publicar a cuatro manos el programa de la recién creada ICV en forma de libro, con el propio nombre en el título (Rafael Ribó: El optimismo de la razón), hasta las declaraciones del otro día hay una senda de degeneración e impostura evidente.

Quien dice una senda, dice una autopista de peaje, pero en coche oficial, que va con todo incluido. Ese hecho habla tanto del que convence como del convencido, y es coherente con la vida de cada uno. Ambos provienen del PSUC: Vázquez Montalbán paga su militancia con 18 meses de cárcel, y Ribó i Massó cobra su militancia con cargos y con la Secretaría General, desde la que desguaza el invento. Ambos desembocan en ICV: Manuel paga su militancia aportando su cara, su intelecto y su prestigio, al punto de gastar balas en la editorial para apoyar un proyecto en el que cree, y Rafael cobra su militancia en coche oficial y escaños mullidos para sus muy delicadas nalgas. Ambos son catalanes: uno nace en el Raval entre perdedores de la guerra, sabe a dónde lleva el odio y triunfa a base de esfuerzo y, sobre todo, amor por lo que hace; el otro nace en Sarriá entre bebedores de cava, no necesita ascender porque ya está en la cima, sólo necesita hacer lo necesario para mantenerse, aunque sea odiar. Llegados a este punto, y antes de pensar en la barbaridad de defendernos por nosotros mismos me pregunto: ¿quién nos defiende del defensor del pueblo?

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios