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La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

La decepción de Marlaska

El poder suele cambiar a las personas, y generalmente para mal: el ex magistrado dilapida su caudal político y ético

Ni las buenas noticias en el frente estrictamente sanitario (la pandemia parece bajo control si el relajo de algunos compatriotas no lo estropea todo) ni la estupenda novedad de una ayuda europea sustanciosa e imprescindible han sido suficientes para reducir el pesimismo nacional ante dos realidades descarnadas: la impotencia de una política cada vez más crispada y guerracivilista para embridar la devastación de España y la crisis en la Guardia Civil, una de las instituciones más sólidas y mejor valoradas con las que contamos. O contábamos.

Su deterioro viene de la mano de uno de los políticos más íntegros y respetados que conocemos. O conocíamos. Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, ha dilapidado buena parte de su riqueza política y ética al destituir al coronel de la Guardia Civil Pérez de los Cobos por negarse a facilitar una clara injerencia del poder político en la independencia judicial. Algo que el antiguo magistrado Grande-Marlaska jamás hubiera permitido. Y lo ha hecho con las malas artes de la vieja política, maniobrando y mintiendo: presionando al coronel para desactivar el informe lleno de fallos sobre el 8-M, exigiéndole que faltara a su deber con la Justicia, pretextando un "nuevo impulso" a la Guardia Civil tras el nombramiento como directora general de la andaluza María Gámez -la hija del farero de Bonanza- que se produjo hace meses y bien podía esperar unas semanas sin que el mundo se acabara, arremetiendo contra la jueza que investiga al delegado del Gobierno en Madrid por sus decisiones discriminatorias sobre manifestaciones de masas (la misma jueza que persiguió los másteres irregulares de Pablo Casado y Cristina Cifuentes) e insinuando la conspiranoica hipótesis de una conjura del generalato de la Guardia Civil influido por Vox para derrocar al Gobierno legítimo de la nación, para abrochar todo el desaguisado con una subida salarial pendiente para convertir a los guardias de base en estómagos agradecidos. Un insulto.

Hace varios años, durante una grata cena en Cádiz con Grande-Marlaska, le comenté que había escrito en su día una columna elogiando su valentía en la lucha contra ETA y su pionera salida del armario. Me pidió que se la enviara y cuando la leyó se mostró agradecido y cordial. Él era una de las contadas excepciones a mi escepticismo creciente sobre los personajes públicos. Ya no. El poder suele cambiar a las personas, y generalmente es para mal.

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