El informe PISA que se ha hecho público en esta semana revela algo que, en cierta medida, era de esperar: Andalucía está a la cola de España y de Europa en lo que a comprensión lectora y matemáticas se refiere. Una mala noticia que además certifica la brecha entre el alumnado andaluz y el de la zona Norte del país. Vaya por delante que tan preocupante como los resultados de este demoledor documento es la reacción de la Junta, que culpó en un primer momento a la Lomce de estas cifras y poco después argumentó que tenía que ver con el nivel de los centros seleccionados para la prueba. Impresentable a todas luces. Por eso, ya en estos días se ha señalado a la Administración andaluza como responsable de esta situación, sobre todo a la Consejería de Educación, incapaz de acertar con medidas que resuelvan el problema.

Y es que más allá de la necesidad de un pacto de Estado educativo o la ausencia de un modelo claro por parte de la Junta, hay otras lecturas que de manera sosegada deberían realizarse, al menos para empezar a arreglar las cosas. Por mucho que se diga y se predique con el autobombo, los responsables educativos siguen estando demasiado alejados de las aulas. Las decisiones se toman en cómodos despachos, sin conocer a fondo la realidad de los centros educativos. Ello se traduce en directrices erráticas, servicios de inspección que no funcionan y políticos al frente de determinados departamentos más preocupados de su proyección personal y de exponer una imagen del gobierno andaluz que no es real que de otra cosa. Además, se arrincona la excelencia y se olvidan de promover el esfuerzo como una de las claves en la formación de nuestros jóvenes. La conclusión es clara, hay una responsabilidad manifiesta y mayúscula de nuestros gestores públicos, que no se toman en serio un asunto tan importante como la Educación.

Pero una vez dicho esto, y sin que sirva de excusa para censurar abiertamente la pésima gestión de la Junta de Andalucía, hay otros factores que la sociedad debería tener en cuenta, porque también tienen su incidencia en todo lo que está pasando en el ámbito educativo. Así, uno de los pilares básicos del sistema es el profesorado. Lleva razón al decir que los tremendos recortes de los últimos años inciden claramente en los resultados, pero eso no quita un mayor compromiso por su parte. En demasiadas ocasiones se confunde la desmotivación de los docentes -justificada en muchos casos- con el acomodamiento y la desidia. Y a la vista está que ése no es el camino.

El otro eje que también debería repensar algunas cuestiones es el de las familias. Mientras prime el concepto de que la educación de nuestras hijas e hijos es sólo tarea de la administración y que sólo se circunscribe a las siete horas que pasan en los institutos, mal vamos. En algún momento los padres y madres tendrán que organizarse mejor, implicarse y exigir algo más en lugar de ceder ese papel a federaciones que dicen representarlos pero que se han convertido más en voceros del gobierno de turno que en demandantes de una educación de calidad. Por eso, todos somos culpables. Unos más que otros. Y que cada palo aguante su vela.

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