Una cuestión de estilo

Y si ha habido un tipo con estilo en este mandato, ése es Don Emilio. Un clásico del mejor socialismo cordobés

Cuando lean ustedes esto que ahora escribo, seis decenas largas de miles de ediles en toda España estarán saliendo de la ducha, camino del espejo. Día de estreno en lo textil para muchos y en lo laboral para demasiados, en torno a doce mil tendrán dedicación exclusiva; lo que no sabemos en cuántos de esos no se han dedicado jamás a otra cosa, cumpliendo al pie de la letra con lo de la exclusividad. En cualquier caso, mamíferos incluidos, son el tejido político más sano, el que tenemos más cerca, el que más resuelve, y el que más marrones se come. Y hablando de marrones, tienen que estar los conventos de cagarrutas hasta el techo, que aquí somos muy de cagarnos dentro, de peñazo al perro que huye, y de hacer leña del árbol caído. Lo del árbol tiene un pase, por ecológico; pero no vamos aquí a lanzar pedradas a los que se van sin dejarlo todo perdido.

Esta columna nace entre el 26 de abril y el 2 de mayo del corriente. Ambos días de vuelta a casa en autobús desde el Real, Raquel en su sitio y yo -algo piripi- en el mío, un chaleco amarillo llama mi atención: es Cebrián, el gerente de Aucorsa, ahí al pie del cañón. Lo saludo cortésmente y, luego, ya en el autobús, le comento a Raquel dos cosas: que vaya populismo en plena campaña, ya veremos la semana que viene; y que mal tiene que ir para que esté el gerente ahí con el chaleco. El jueves siguiente con las elecciones perdidas, el chaleco amarillo seguía ahí con el tipo dentro y Sabina en el hilo musical. Por mal que me caiga el individuo, y por mucho que disienta de su estilo de gerencia, me quito el sombrero y le agradezco el gesto y la inspiración para esta columna. Al César lo que es del César. Hay que tener estilo hasta dándose el piro.

Y si ha habido un tipo con estilo en este mandato, ése es Don Emilio. Un clásico del mejor socialismo cordobés: ése que salta del servicio público con plaza en propiedad al servicio público con mando en plaza. Un tipo que conoce los asuntos y los acomete con rigor, que las ve venir y avisa, que rodeado de cagabandurrias y pisacharcos, aguanta sin estallar o busca un espacio seguro para una detonación controlada -il direttore y yo fuimos testigos de esto que les digo un día después de que ardiera Fosforito, el año pasado- y sigue adelante como un Massey Fergusson de cadenas. Sigue adelante porque sabe a dónde va y lo que cae en sus manos funciona aunque quede muy lejos de sus preferencias. Como muestra de marrón resuelto con maestría -hay más- el cambio de la carrera oficial. El que venga detrás que lo mejore o, si puede, que lo Aumente.

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