De blanco y verde pintada la cara. El desayuno molinero. El mapa de colores dibujado con los arcos de la Mezquita, el patio de los leones de la Alhambra, los olivos de Jaén, los espetos malagueños, el océano por Cádiz, de Huelva gambas y fresas, el Indalo de Almería y la Giralda de Sevilla. El flamenco, las sevillanas, el baile en el patio del recreo y el himno de Andalucía, recuerdos del 28-F. Cartulinas en el cole y en casa mucha historia de nuestra Autonomía, mil anécdotas de aquel Referéndum; el 151, las imágenes de aquellas papeletas con aquella incomprensible pregunta, la lucha de tantos, la lucha de un pueblo.

Ahora que no hay grandes eventos, que las fiestas no existen -para la inmensa mayoría responsable- que la emoción de encuentros, de celebraciones multitudinarias o quedadas en grupo no se dan. Que la vida social está reducida cuando no, desaparecida. Ahora, es inevitable tirar mucho de recuerdos. Recuerdos de aquello que hacíamos y no podemos hacer, de lo que aquello nos reportaba, de lo que disfrutábamos haciéndolo y, con la sonrisa del recuerdo, tornar en ilusión las locas ganas de poder volver a hacerlo.

El puente de Andalucía, más allá de la conmemoración que supone, es también primer reencuentro con las mangas cortas, es la llegada de nuevos olores, de una nueva luz de primavera adelantada. Es el puente de la primera escapada, el de la vueltecilla al apartamento de la playa, el de coger tono en el antebrazo y cañas en las terrazas.

Para mí, es el puente de mi viaje de hermanas. Tradición implantada y consolidada más allá de momentos vitales, esposos, hijas o crianza, es nuestro puente; el de nuestro reencuentro y confidencias, nuestras risas y algún llanto, el de desahogarse, el de charlas largas, de horarios anárquicos, brindis y rebajas. Este año, como tantas otras cosas, no podrá ser, mi casa y la de mi hermana se encuentran totalmente invadidas por el covid, los miembros de su casa y de la mía estamos generando anticuerpos y pese a lo frívolo que pueda resultar, estoy muy contrariada por perderme nuestro viaje.

Y es que en estos tiempos en que nos perdemos tanto, que renunciamos y anulamos planes, es un buen momento para tomar conciencia ciertamente de todo lo prescindible que teníamos, pero también para poner en valor y reivindicar las costumbres que se han evidenciado más que sanas, las que tanto bueno nos aportaban y esas, hay que retomarlas. Si no las tienen, están a tiempo de crearlas.

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