Ojalá afrontar la hoja en blanco en un agosto en blanco, sin curso político, con la información adormecida, con noticias tipo "una cabra siembra el caos en Cartagena", aquellas gestas del Tour o, incluso, un reportaje sobre los beneficios de la petanca para la salud de los mayores. Un agosto con su porrón helado de gaseosa y vino, su alberca con el agua bien depurada y el aire a toda mecha en la hora de la siesta y lo que surja. Pero no. En vez de un porrón fresquito, aquí lo que hay es un embudo en su posición habitual: lo ancho para ellos y lo estrecho para los demás. Lo de Sánchez no es una corbata, es una muleta y le entramos todos al trapo, yo el primero. Es lo de los marcos mentales de Lakoff -frames dicen los modernos-. Enfocas a donde te interesa, como con una cámara de fotos, y disparas: igual da que sea el póster del ministerio homónimo, la manida parida de la corbata o cualquier otra gazpachá del tal Garzón, Alberto -que a punto de doblar la servilleta, políticamente hablando, está el muchacho-. El caso es que, puesto ahí el foco y establecido el corralito mental, nos quedamos como idiotas dándole vueltas a lo insustancial, mientras lo importante no sale en la foto y queda fuera del debate público, si es que queda en España algo que pueda llamarse así. Es curioso, a raíz de la pérdida del gran José Luis Balbín, estoy viendo emisiones sueltas de La Clave y la gran mayoría de los asuntos sustanciales que nos dejan fuera de la agenda están ahí, congelados, fundamentalmente las cuatro soberanías necesarias para la verdadera soberanía política: energética, alimentaria, científica y financiera.

Me recuerdo que estamos en agosto y les propongo que, al menos hasta septiembre, agarremos la cámara con pulso firme y miremos para otro lado, en busca de esos paraísos artificiales creados por personas con verdadera vocación de servicio a los demás, que se levantan todas las mañanas para colmarnos de esos pequeños placeres irrenunciables para cualquier persona civilizada. Nada hay más civilizado que la agricultura y el paraíso es un huerto bien regado al amanecer. Mi amigo Daniel, irredento taurino nimeño, tiene un petit paradis entre el Gardón y el Ródano, con ciento cincuenta olivos, frutales, judías, pimientos, cebollas, berenjenas, papas y los mejores tomates que uno pueda soñar. Daniel planta albahaca entre los tomates y bebemos un vaso de vino antes de ir a regar. Daniel sabe lo que hace. Son tomates de corazón de buey, ante ellos, sí, me quito la corbata.

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