Crónica Levantisca

J. M. Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

Las cloacas emergidas

Casado pronunció ayer un discurso muy duro en lo personal e ideológico contra Abascal, pero ejemplar

Habíamos supuesto que las inmundicias del Estado se escondían bajo cloacas subterráneas, y que algunas batallas también se libraban a oscuras, entre la pestilencia encerrada, pero la porquería ha emergido y ha llegado a las alfombras mullidas y las viejas maderas oscuras. El Senado, por ejemplo, es hoy una cloaca, una zahurda donde una ministra, de Unidas Podemos, y una senadora, del PP, utilizan un lenguaje que muy pocos de los lectores se permitirían en su casa, en su lugar de trabajo y en la barra del bar donde se toman las cañas. Las presas que retienen los ánimos más tóxicos con eso que algunos llaman vergüenza y otros urbanidad se han roto en las cámaras legislativas. No ya en los mítines, donde se pueden permitir ciertas licencias, sino allí donde reside la soberanía nacional.

Una de las exigencias de las democracias es que se debe admitir la legitimidad del contrario, porque sobre cada diputado y senador hay como un aura de soberanía, a cada cual le respaldan miles o millones de votos. Se debe disentir en las ideas, criticar los comportamientos irregulares e ilegales, pero no se puede atravesar la barrera de la dignidad personal. Y esto viene ocurriendo no sólo en el Senado, ha ocurrido en el Congreso, en otras cámaras regionales y, lo que es peor, con mayor frecuencia.

Pablo Casado pronunció ayer un discurso muy duro contra Santiago Abascal, demoledor en lo personal y en lo ideológico, pero ejemplar. El mejor de los que se ha escuchado desde hace años por parte de un líder de la derecha española, un relato que le acerca a la democracia cristiana de Merkel, a la fobia de la alemana a la extrema derecha, y que le aleja de modo definitivo de Vox. Pero sin insultos ni camas ni parejas ni gritos de beodos, porque también hemos venido observando cómo la extravagancia de algunos representantes sólo se explican bajo los efectos de los excitantes.

Esto no sólo es un problema de mala educación, que también, sino de erosión de la democracia como sistema. ¿Por qué va a confiar el votante en los políticos si de ellos escuchan descalificaciones absolutas, mortales, contra sus pares? La confianza en unos representantes no es una obligación de los ciudadanos, eso no es así, el merecimiento corresponde al votado. Y si esto es de una gravedad extrema en tiempos normales, estas alocuciones rijosas y cutres merecen la reprobación contundente de los propios partidos a los que pertenecen.

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