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Esto cantaba Aute, "más cine, por favor", y razón llevaba. El cine es un arte que como toda plasmación de la creatividad humana nos mejora con carácter general y nos seduce a título individual. Claro que como en toda disciplina, al igual que ocurre con la literatura, la pintura o la escultura, unas obras nos gustan y otras no; un estilo nos remueve y otro nos deja indiferentes o, incluso, abiertamente enfrentados al mismo. Es el arte: unas veces te alienta y te eleva y otras te mueres de frío.

El cine español arrastra una leyenda negra muy oscura. Sistemáticamente soporta el peso de venir de la españolada (hace ya muchísimo tiempo que no, por cierto) y vivir, o sobrevivir, a base de la subvención. Esto es un topicazo doble que no se corresponde con la realidad verdadera. El cine de aquí es como el cine en cualquier parte, con menos medios que las potentes industrias estadounidenses o indias, pero igual que en todas partes. Las pelis que se hacen son también de todo tipo: buenas, regulares y malas. Hollywood produce un montón de películas al año de las que trascienden unas cuantas. Entre esas hay de todo: las que van a los Oscars, las que no y son buenas y las que pasan, tras nombrarse fugazmente, sin pena ni gloria. Entre las que no trascienden, que son las más, hay un sinfín de malas de solemnidad y otras interesantes que no encontraron un camino sólido para llegar al gran público o que no lo pretendieron jamás. De Bollywood, gran desconocido para nosotros, salen materiales que tienen un público que las sigue y las busca. En todas las industrias conviven obras de arte con trocitos de evasión simple. Lo del apoyo público a las industrias nacionales que compiten con esos gigantes es una necesidad estratégica cultural y una inversión práctica.

La gala de los Goya enseña y presume. Para eso se hace. Para celebrar con toda pompa y exageración y el punto de vanidad preciso, alto, de un sistema pretendidamente estelar la pujanza de la industria. Se refuerza el arte y la cultura como elemento esencial de lo que el cine es, pero se presenta también la propia industria para reivindicarla y para hacerla atractiva. Por eso la alfombra roja, la pose y el postureo, porque es necesario vestir de cierta magia la ficción de un mundo envidiable, casi perfecto, cuando la fábrica de hacer pelis en España es una aventura incierta y arriesgada, menos dura que lo que dicen cuando las cosas salen bien, demoledora cuando no tanto.

Me quedo, además de con la campeona y su implacable y delicado aliento de inclusión, diversidad y visibilidad, con la decisión de hacer de un reino un triunfo, más por lo que parece contar que por lo que de verdad cuenta. La sororidad, también, y a pesar de la vaina. Y el reconocimiento a los contribuyentes, también. Y que no pare, que siga.

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