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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

El cante de la 'maría'

Cuando la semana pasada los Reyes dieron un simbólico paseo por el que pasa por ser el barrio más pobre y marginal de España, las llamadas Tres Mil Viviendas de Sevilla, el olor a planta de marihuana acompañó a la comitiva, y tampoco es que se aventuraran a patear las calles más conflictivas y penosas. El característico tufo a maría casera -en el estricto sentido del término- fue lo que se llama un secreto a voces entre la comitiva. Cada uno disimulaba como podía su incomodidad ante lo embarazoso de la situación: unos silbaban y comentaban la caló, otros se alegraban de contar con la mascarilla para ocultar un incontenible rictus de cachondeo. Reyes, presidentes, alcaldes, comisionado, policías, guardaespaldas, periodistas y algún aguador de emergencia -el calor era intenso, y eso intensifica los olores- percibieron algo muy habitual en los barrios más desfavorecidos del país: el cante a cannabis sativa o índica, un trasunto depauperado del embriagador olor del azahar que enorgullece a muchos sevillanos, y que tanto ripio y cante folclórico ha propiciado. Embriagar, la verdad, la peste a grifa embriaga lo mismo que el perfume de la flor del naranjo. Y hasta más.

La marihuana es un producto ilegal que ha conocido una vertiginosa expansión de oferta y demanda: hace no tanto resultaba hasta exótica, una cosa de hippies de California. Aquí, el soberano del colocón por vegetal fumado era el hachís. Es una droga asequible y, aunque psicotrópica, es menos dañina que otras de base química, lo que la hace habitual entre jóvenes de toda clase social: la maría es en ese sentido de lo más transversal e interclasista. En el campus donde trabajo suelo percibir inequívocas pruebas del interclasismo de la marihuana en forma de vaharada. Su moda y su auge constituyen un incentivo para cultivarla y venderla, y el incentivo es la madre de la acción económica de empresas e individuos, camellos incluidos. En un esquema de causa-efecto bastante friqui y rocambolesco, los barrios huelen cada vez más a marihuana porque los drones han sido implacables chivatos de las plantaciones camufladas entre maizales o girasoles. Y como el agua busca su salida, la marihuana se confinó en los hogares y las naves de los polígonos. Con otro efecto económico singular: los enganches ilegales a la electricidad para darle luz y calor en cantidades industriales a los arbustos de la risa. He sabido que, justo detrás de la Guardia Civil o la Policía, quien entra en una cañamocasa o fragante trastienda poligonera es el técnico de Endesa.

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