Mensaje en la botella

El campo dice basta

El sector se ha encontrado con unos políticos que desconocen su labor e importancia

Los agricultores han desenterrado el hacha de la movilización. Podríamos resumirlo como un golpe en la mesa o un ¡basta ya! ante la situación que se lleva viviendo en este sector desde hace muchos años, demasiados. El problema es grave, hasta el punto de que hay quien dice que cuando el campo estornuda, la economía se acatarra. Creo que no hace falta ser muy sagaz para comprender que, sin alimentos, no hay vida, no hay nada, pero parece que casi nadie -ni de dentro ni de fuera- es consciente de ello.

El dilema del campo es fácil. Los productos no son rentables porque lo que los agricultores y ganaderos reciben no da para cubrir unos costes cada vez más elevados y, además, no proporcionan una renta digna. El sistema, la cadena o como se le quiera llamar, no funciona, de manera que lo que pagamos los consumidores por los denominados productos básicos de la alimentación generan unos beneficios que se quedan por el camino y no llegan a quienes los cultivan. Se ha intentado una legislación que regule esta situación, pero se ha encontrado de bruces con demasiadas trabas. Con ese caldo de cultivo se ha ido generando un clima de desolación en el sector primario, agravado además por el descrédito que de forma interesada se ha creado sobre el productor, como si fuera un elemento que ha roto el equilibrio ambiental y nos arrastra hacia el fin del mundo.

Pero además, el campo se ha encontrado con una clase política desconocedora de su labor e importancia. Dirigentes que proceden de las urbes y que a su torpeza intrínseca suman una especie de rechazo hacia lo rural, que consideran algo tosco. Lo peor es que esos mismos responsables públicos toman decisiones sobre asuntos que ignoran, con lo cual el daño se ha ido magnificando a pasos agigantados.

Y hay más. Por desgracia, la gente del campo tampoco ha sabido estar a la altura para defender su actividad. Han depositado su representatividad en organizaciones agrarias cuyos responsables han estado más preocupados de agradar y jugar a la política que de defender sus intereses. Paniaguados -hay excepciones- que no viven de la agricultura o la ganadería, sino a costa de ella. Al juego se sumaron en su día también los sindicatos, que vieron en el sector agrario un filón en el que captar afiliados, pero sin hacer nada por ellos -también algunos se salvan- y disfrutando de prebendas gracias al sudor de los jornaleros.

Si mezclamos todo eso, es comprensible que el campo se rebele y lo haga con la contundencia que estamos viendo estos días, con movilizaciones en las que ha habido más tensión de la deseable. Europa tiene mucho que decir y decidir, porque la crisis de precios es de ámbito mundial. Hasta ahora, casi nadie se ha tomado en serio a los agricultores, pero todo tiene un límite. Si no se arregla pronto, lo pagaremos todos.

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