Mi hijo quiso ir ayer al instituto con su vieja camiseta rojiblanca de Falcao. Idolatra esa camiseta que ya empieza a tener el número desgastado. Se la puso horas después de que el colombiano se enfrentara en Champions al que fuera su equipo en la época en la que jugaba en el Calderón mientras repetía una y otra vez la misma pregunta: "¿papá, por qué Falcao se fue del Atleti? Mi hijo me recordaba ese instante del día del último partido de El Tigre como colchonero, cuando lo vio llorar al volver al campo después del encuentro y estuvo con los aficionados, que le gritaban que se quedase. "¿Eso quería decir que no se quería ir, verdad, papá?", me preguntó. En su cabeza no puede entrar aún que los intereses económicos de representantes y dirigentes, el pan nuestro de cada día tras la conversión de clubes en sociedades anónimas, hayan convertido al fútbol en casi una mentira contraria al amor por unos colores, una mentira que destroza ilusiones, las de los más pequeños. Otros, los que ya hace muchos años que cumplimos su edad, intentamos en casos como este mirar para otro lado para poder mantener esa ilusión y seguir alimentando un sentimiento rojiblanco que empezaron a engrandecer tardes gloriosas de Peiró, Collar, Ayala, Gárate, Luis Aragonés, Pereira, Leivinha, Adelardo... Era otra época, otros tiempos en los que, por ejemplo, un periódico deportivo como AS [concretamente  en su versión revista mítica de los años 70 llamada AS Color] no era un hooligan vestido de blanco, como ocurre ahora con este y otros medios, sino que le dedicaba la misma o, a veces, más cobertura, al Atleti que al Real Madrid, y publicaba más información de muchos otros equipos, de todos. Los medios deportivos de ahora olvidan que no todo el mundo es del Madrid o del Barcelona, un olvido que roza el esperpento en esos programas de televisión que son más bien la versión deportiva del Sálvame de luxe.

Mi hijo llevaba razón, Falcao no se quería ir. A Falcao lo obligaron a irse, como le ha ocurrido y como le ocurre a otros muchos. Ahora, los dirigentes y representantes [por cierto, el de Falcao, Jorge Mendes, es el que colocó a muchos de sus jugadores, incluyéndolo a él, en el Mónaco, en el Oporto y en el que se pusiera a tiro] son los que manejan el cotarro, los que lanzan y promocionan nombres con la ayuda de pseudoperiodistas de diversos medios, vendiéndolos como grandes estrellas -que muchos nunca fueron y que muchos nunca llegarán a ser-. Lo único cierto es que esa estrella que sí lo era y que lo es, el ídolo de mi hijo, se fue, y mi hijo siguió enfundándose la rojiblanca con el número 9 y el nombre de Falcao ajeno a esos tejemanejes de un negocio que cada día está más podrido por el dinero. Ante este panorama, lo único que le queda al aficionado a unos colores, haciendo un ejercicio de resignación, es mantener ese sentimiento o amor por esos colores que afortunadamente siempre vencen a la gran mentira en la que algunos han convertido al fútbol.

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