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La cabra y el Estado

En 2015, el señor Torra todavía creía que hay un modo científico de hablar de raza socialista y de raza catalana

Desde los días del Génesis, desde que Eva desprendió la manzana del árbol del Bien y del Mal, el conocimiento tiene mala prensa. Aún puede uno recordar las admoniciones maternas, cuando nos decían, desordenándonos tiernamente el pelo, "hijo mío, no estudies tanto que vas a enfermar". Leer era ser ya, de algún modo, El Quijote. Leer era, de alguna forma, abismarse sigilosamente en la locura. Escribir, sin embargo, era otra cosa. Un escritor era una persona seria, prominente, con un aplomo que la vida, ay, nunca nos daría. Recordemos qué escribía el señor Quim Torra en septiembre de 2015, a cuenta del PSC y la cabra catalana: "La vieja y honorable raza del socialista catalán -decía don Quim, pensando quizá en montar una granja- se ha de dar por extinguida, aunque, de manera totalmente acientífica, haya ciertos individuos que se reclamen continuadores".

Como es lógico, esto no deja en buen lugar a los socialistas de hogaño, ya sea un ejemplar mesetario como el señor Sánchez, ya una raza costera y perniciosa como la que representan la señora Batet y el señor Iceta (entendemos que el señor Montilla se halla aún más abajo en la clasificiación zoológica del señor Torra). Lo más interesante, sin embargo, es la palabra que sustenta su discurso, y que suele pasarnos desapercibida: "acientífico". En 2015, el señor Torra, hoy presidente de la Generalitat, todavía cree que hay un modo científico de hablar de raza socialista y de raza catalana, como en la Europa de los años 30. Digamos que, un siglo después, el señor Torra aún cree que el ser humano es algo así como una cabra con estudios de modo que al hombre, socialista o no, debe clasificársele según el pelaje, la camada y el timbre del balido. Un Estado que no permita esta estabulación preventiva, un Estado que no provea a la necesidad de distinguir genéticamente, es, en consecuencia, un Estado injusto, como declaraba don Quim hace unos días. La Cataluña catalanista del señor Torra es, pues, un fruto de la biología. La Cataluña democrática, sin embargo, es un triunfo de la inteligencia y el albedrío humanos, asuntos ambos que caen fuera de cerco elemental, de la retícula zoológica que, desde Linneo, ciñe nuestra animalidad y nos aproxima al mono.

Según Bergson, la cualidad más acusada del pensamiento griego era la precisión. Y es esta precisión, extremada hasta la demencia, la que aún aflige al señor Torra. Un señor Torra, algo impreciso y balbuciente, que arrastra su humanidad como un Sísifo con barretina.

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