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La buena nueva

No hace falta pertenecer a la comunidad de los creyentes para rendir tributo a la gigantesca figura del galileo

Más de dos mil años después, las enseñanzas del hombre cuyo nacimiento recordamos hoy, transmitidas por discípulos que las aprendieron de otros, no han dejado de proyectar su luz liberadora. La Navidad empezó a ser conmemorada por los cristianos cuando hacía mucho que habían muerto los últimos que acompañaron al maestro en su paso por la tierra, pero parte de la memoria de sus días se conservó por vía oral y en ella la conmovedora escena del pesebre, que cuentan Lucas y Mateo, recogía ya la adoración de los magos. Del mismo modo que otros predicadores itinerantes, Jesús de Nazaret no dejó palabra escrita y las fuentes más tempranas, que son las cartas del apóstol Pablo, fueron redactadas décadas después de su muerte. Salvo el de Juan, más tardío y elaborado, los evangelios canónicos no dicen que Jesús se proclamara a sí mismo Dios ni Hijo de Dios, aunque así lo creían sus seguidores, que lo identificaron con el Mesías y para los que no había duda de su condición divina. Sabemos que su padre legal no era su padre, pero acogió con generosidad al hijo de su joven esposa. Sabemos que el pequeño nació de hecho unos años antes del inicio de la Era a la que dio el nombre, en su mencionada ciudad de origen o en Belén de Judea. Sabemos algunas cosas e ignoramos muchas otras, pero los pormenores de la historia importan menos que su sentido, pronto universal gracias a la espectacular difusión de la doctrina más allá de su estrecho ámbito originario. Profusamente representada en la iconografía sacra, la Navidad mantiene una importancia central en el imaginario de los fieles, pero no hace falta pertenecer a la comunidad de los creyentes para rendir tributo a la gigantesca figura del galileo. La fiesta, por supuesto, es inseparable de su significado religioso, cada vez más diluido o escamoteado en la moderna sociedad de consumo, pero también concierne a los cristianos sin iglesia y a quienes tienen otras creencias o no rinden culto a dios alguno. "Todos los siglos proclamarán que no ha nacido entre los hijos de los hombres ninguno más grande", escribió Renan en su célebre Vida de Jesús, donde presentaba al Cristo en su dimensión humana. Muchas de las ideas que han contribuido a unir a los individuos por encima de sus diferencias, hoy como ayer, enlazan con el claro y perdurable mensaje de fraternidad que se escuchó por primera vez en aquel confín del Imperio y no ha dejado de resonar en los discursos que pregonan el amor y la concordia entre hermanos. Tanto o más que el advenimiento del Reino, esa era la buena nueva, una razón fundamental por la que todos, desde la fe o sin ella, deberíamos celebrar al niño.

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