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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

El bipartidismo impotente

En este bipartidismo impotente todo es posible, incluso que los gobiernos se mantengan con los enemigos del Estado

El nuevo brujo de las encuestas, Narciso Michavila, se mojó ayer en la radio: "El PSOE ganará las elecciones con más del 30% de los votos; el PP será el segundo partido, con algo más del 20%, y los nacionalistas vascos y catalanes volverán a ser decisivos para la gobernabilidad de España". Aparentemente, seguimos como estábamos hace treinta años, aunque un análisis más detenido nos indicaría que el sistema político español tiene en la actualidad el mal color de los zombis. Del bipartidismo imperfecto hemos pasado al bipartidismo impotente, incapaz de desaparecer, pero tampoco de regenerarse; condenado a aguantarse a sí mismo por los siglos de los siglos, como esa eternidad que tanta pereza le daba a Borges.

Veamos: la irrupción de la derecha recia y susceptible de Vox ha venido acompañada de una desaceleración de la llamada nueva política, que ya es más bien puretona. De la indignación del 15-M apenas quedan las cenizas y la izquierda vuelve a la disciplina del voto útil socialista. Podemos se reduce ya a los irreductibles, como una nueva IU 4.0, pero sin ninguna posibilidad de asaltar los cielos. Cs, por su parte, muestra señales inquietantes de envejecimiento, con escándalos como el de las primarias de Castilla y León, que parece urdido en alguna cloaca máxima del Ancien Régime. A Albert Rivera se le ve difuso, con la cabeza puesta en otros asuntos que poco tienen que ver con la política. Así las cosas, PSOE y PP dibujan un bipartidismo degenerativo, cuyo principal mérito para la supervivencia es haber contaminado con sus muchos vicios a los nuevos partidos. Adiós a la primavera ibérica que tantas expectativas levantó en su momento.

Eso sí, el gran problema siguen siendo los nacionalistas catalanes, pero ya sin el orfidal de Pujol, ese hábil barman que mezclaba y agitaba con indudable garbo las sonrisas en Madrid con la construcción de un protoestado catalán en Barcelona. Mientras el Gobierno de Sánchez no para de hacer guiños de complicidad al honorable Torra, éste responde con abierta desobediencia a la Junta Electoral, manteniendo los lazos amarillos y las esteladas en las fachadas del poder autonómico y municipal catalán. La otra noche, unos encapuchados decidieron iniciar la limpieza por su cuenta. Suele pasar: cuando la autoridad no respeta la ley, surgen los espontáneos. Pero en este bipartidismo impotente todo es posible, incluso que los gobiernos se mantengan con los enemigos del Estado.

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