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El bello arte

Incluso si la finalidad no es otra que ganarse la vida, el grado de compromiso revela maneras de estar en el mundo

Suele recordarse que los griegos usaban la misma palabra -téchne, de donde derivan técnica o tecnología- para designar la labor de los artistas y la de los artesanos, aunque de hecho no ignoraran la diferencia entre las artes puras -o libres, como las llamó Aristóteles- y las aplicadas. La ambigüedad del término, sin embargo, sugiere una cercanía que de algún modo estuvo vigente durante siglos antes de que la sacralización de los creadores, su progresiva independencia o el culto de la singularidad, por una parte, y la absurda devaluación de los oficios manuales, por otra, separaran casi por completo dedicaciones nacidas de un impulso original común y no tan alejadas en la práctica, como muestra ese léxico compartido que sigue hablando de maestros o aprendices, de talleres o herramientas y viejas o nuevas escuelas.

Nos mandaba el otro día el hermano Rosal, con quien tanto queremos, un hermoso pasaje de Conrad donde el curtido narrador polaco, marino antes que escritor en una lengua, la inglesa, aprendida de adulto, se refiere al "bello arte" de la navegación por la época en que los grandes veleros de sus relatos fueron desplazados por los modernos buques de vapor. La admirable destreza de los navegantes -sostiene el autor en El espejo del mar- se basa en el dominio de la técnica, pero va más allá de la pericia en tanto que remite a un "sentimiento elevado y claro, no enteramente utilitario", inspirado por el amor y una comprensión profunda. Sumadas a la familiaridad con el medio o el carácter de los barcos, humanizados como seres casi sensibles, tales cualidades definían la actitud de los practicantes del arte de marear a la antigua usanza.

Cualquier oficio, cuando se ejerce con la limpieza de la que hablara Claudio Rodríguez, desde el cuidado y la entrega que distinguen a quienes afrontan la tarea más humilde con la voluntad de ejecutarla del mejor modo a su alcance, merece el calificativo de bello arte en ese sentido modesto, pero esencial que todavía caracterizaba a los gremios medievales y convendría hoy reivindicar frente a la palabrería de los charlistas. No son el imperativo de la productividad o las consignas corporativas, sino el orgullo y un sentido de la dignidad a los que no eran ajenas las agrupaciones obreras de los primeros tiempos del socialismo, los que mueven a quienes en uno u otro terreno se empeñan a conciencia en los afanes del día. Incluso si la finalidad no es otra que ganarse la vida, el grado de compromiso revela maneras de estar en el mundo.

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