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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

La batalla de la cerveza

La publicación de un mapa con las preferencias cerveceras del país ha vuelto a incendiar la gallera de las redes sociales

Hubo un tiempo no muy lejano en el que el mapa de la cerveza en España era muy similar al de los pueblos prerromanos, un mosaico endiablado que nos descubría una geografía humana llena de nombres tan exóticos como hermosos. No era raro que las capitales de provincia presumiesen de su propia fábrica y marca, al igual que lo hacían de periódico local o de equipo de fútbol, aunque nuestros abuelos, los que hicieron la guerra, solían desdeñar el hoy encumbrado zumo de cebada como algo insustancial, como el beso de vieja. Nunca vimos a los ancestros tomar cerveza, pero sí dar buena cuenta de hectolitros de manzanilla, fino y tinto. Al igual que la modernidad yeyé supuso la sustitución de los toros por el fútbol como gran espectáculo de masas, en el tema del bebercio los variados caldos españoles fueron remplazados en el gusto popular por este licor de cebada fermentada que acompaña al hombre desde tiempos muy remotos y que, según algunas teorías, está directamente relacionado con la Revolución Neolítica y la posterior aparición de la civilización. Braudel hablaba de tres Europas alcohólicas: la de la vid, la de la cebada y la de la manzana, pero la globalización de los gustos ha convertido al Viejo Continente en una inmensa cervecería. El vino, por su parte, se ha degradado a producto de prestigio y postín, una excusa para que los aprendices de señorito den la tabarra con los caros mollates que han catado en los restaurantes de moda. Esta traición a Dionisio, señor de los pámpanos, el desmadre y el teatro, la pagaremos cara, en forma de gota fría o gobierno de progreso. Al tiempo.

El triunfo de la cerveza -inseparable del desarrollo y abaratamiento de la tecnología del frío- produjo ese mosaico de marcas del que hablábamos al principio y que con el tiempo se ha reducido drásticamente debido a un proceso de concentración empresarial. Paralelamente, se ha producido la hooliganización de los consumidores, que han convertido las redes sociales en una gallera donde unos y otros se insultan a mayor gloria de Mahou, Alhambra o Cruzcampo. La reciente publicación de un estudio en el que se muestran las preferencias cerveceras por autonomías ha vuelto a incendiar internet con el cansino debate de cuál es la mejor rubia del país, reavivando viejos pleitos territoriales que poco tienen que ver con el placer del trago. Eso nos pasa por cambiar Roma por Germania. Jamás vimos a los antiguos bebedores de vino ofenderse y ofender por la etiqueta de la botella. Y eso que, como demostraron en el 36, eran hombres de armas tomar.

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