La calle 40 empieza en el parque JF Kennedy de Kenosha, Wisconsin, a orillas del lago Michigan y termina, apareciendo y desapareciendo como un Guadiana hipodámico, entre parques y arboledas, en una de esas zonas residenciales de casas con garaje con puerta doble ancho, césped hasta la acera y sombra de arboleda centenaria. Más o menos a mitad de la calle, lindando con el campo municipal de golf -recurso público absolutamente necesario para el american dream- se mudó Jacob Blake. Imagínenlo llegando con su familia en su Dodge Journey, flama, del 2020, llantas negras, color Billet Clear, 2.4 16 válvulas, 340 pavos al mes seis años, los niños, con ese alboroto que forman los chiquillos ante lo nuevo, mirando el barrio desde el sillón trasero a través de los cristales tintados. El mismo sillón desde el que han visto cómo un poli blanco, Rusten Sheskey, le vaciaba el cargador por la espalda a su padre. Imaginen que, en vez de ser un padre de familia de color negro con cierto poder adquisitivo, J. Blake es un sospechoso de violación que lleva un cuchillo bajo el asiento. ¿Justifica eso su detención a quemarropa y por la espalda delante de sus hijos? ¿Acaba eso con su presunción de inocencia? ¿Con su derecho a un juicio justo? ¿Qué culpa tienen esos niños? ¿Qué enseñanza van a sacar? ¿En quién van a confiar? ¿Qué pasaba por la cabeza del agente Sheskey en el momento de acribillar por la espalda al señor Blake?

Lo veremos en el juicio justo que tendrá, si es que se presentan cargos contra él. Visto desde aquí, desde Europa, parece más la acción de un pistolero que de un policía, quiero pensar que movido más por el miedo que por el odio. El que no tenía miedo era Kyle Rittenhouse, que en medio de un tumulto y una vez derribado, a sus diecisiete añitos, mantiene la disciplina de tiro y desde el suelo mata a dos y hiere a un tercero, se levanta y en vez de irse de najas encara, brazos en alto, fusil hacia abajo en bandolera, a los furgones policiales que le dejan pasar sin más, y se pira tan tranquilo a dormir a casita con mamá, cerca del 286 de Anita Terrace, en Antioch, Illinois, a unos lindos apartamentos de alquiler, cara B del american dream.

Hay indicios de que Rittenhouse ha sido víctima de acoso escolar, lo que hace suponer que tenía experiencia previa en eso de estar en el suelo, derribado en medio de un tumulto; no es el primer caso de venganza irracional de un adolescente que gracias a la segunda enmienda da rienda suelta a su furia a tiros, la diferencia es el contexto: este chaval ha canalizado su furia integrándose en una milicia armada de pistoleros que van de policías, los boogaloo boys, que buscan una guerra civil en Estados Unidos como solución a todos sus males. Si han visto el vídeo, habrán contado siete tiros. Dicen que cuando te disparan, primero te duele y luego lo oyes. ¿Les duele la vuelta al cole?

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