En el tejado

F.J. Cantador

fcantador@eldiadecordoba.com

Aquel 18 de agosto

érase una vez seis chicos que solían comenzar sus aventuras nocturnas estivales en el bar Skilas de Belalcázar después de dejarse la adolescencia en casa, haciéndose caso de una inmadurez que les engañaba hasta creerse casi mayores de edad. Era para ellos algo así como un ritual iniciar la noche echándole una moneda de 25 pesetas a una jukebox, mientras detrás de la barra Angelín les servía las primeras cervezas de la jornada. Esas monedas les permitían escuchar la canción siempre elegida en esa máquina, Los rockeros van al infierno. Sonaban los primeros acordes de Barón Rojo y los chicos recargan pilas para afrontar lo que esa noche les deparara, si era acompañados de algún proyecto de novia, mejor. No necesitaban escuchar al cantante brasileño Roberto Carlos para, si se terciaba, creerse de esos amantes a la antigua que suelen todavía mandar flores. Ese ritual, como mandaban los cánones, lo repitieron el sábado 18 de agosto de 1984, día de Feria local, una cita a la que la familia de dos de ellos, Gregorio Cuadrado y Paco Herrera, eran fieles. Gregorio y Paco vivían en Madrid y -como era muy habitual entonces que hicieran quienes habían emigrado a otras tierras- volvían por el pueblo de sus padres por vacaciones. Las aventuras de ese agosto, paseos en bicicleta incluidos al más puro estilo de la pandilla de Pancho y Javi, se acabaron convirtiendo para ellos y para el resto de la pandilla -Juan Manuel Fernández, Julio Rodríguez y Carlos Quintana, además de para otros miembros, como Gabriel Ángel Pizarro- en un particular e inolvidable Verano Azul sin Chanquete.

Aquel sábado 18 de agosto iba a ser especial. Mecano había llegado al pueblo con su gira Ya viene el sol para dar un concierto para el que no tenían entradas. Por la tarde, alguno de ellos, acompañado por otro amigo, Paco Gallego, consiguió acceder a los ensayos, mientras que el resto planeaba cómo iban a hacer carne eso de colarse en el recital sin necesidad de que hubiera Coca-Cola para todos ni algo que comer. Ese día la pandilla se multiplicó hasta casi la veintena de miembros ávidos de vivir gratis el concierto. Antes de conseguir el objetivo, tocaba buscar algo barato entre los puestos de cintas piratas de cassette que solían proliferar por esas citas. Allí estaba ella, se llamaba Isabel y preguntaba el precio de una de esas cintas. No recuerdo si era Alchemy de Dire Straits. Tan solo sé que como poseído por Roberto Carlos en aquel momento de la noche llegó el sol, por aquí y por allí, y soñé por un momento que era aire para probar ser respirado por la que tenía a mi lado y escaparnos juntos desde cualquier estación a Japón, a Hawaii o a Bombay, me daba igual, con tal de conseguir hacerme un hueco en el mapa de su corazón y reirnos de Janeiro... cuando uno de mis amigos me atizó una colleja cual picadura de mosquito para insistirme en que allí no pintábamos nada, que nos esperaba el cuele en el concierto, y el entonces recién colado se coló.

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