La vida vista

Félix Ruiz / Cardador /

adolescencia

EN los últimos días me ha dado por pensar si a los adolescentes de hoy tienen alguien cerca que les recuerda la verdad de la vida o si simplemente les llegan las tonterías que decimos los adultillos insoportables de aquí y de acullá. Me refiero a que tienen que chuparse a diario todas las mendrugadas que se dicen en la tele y los medios sobre la crisis, todas las melancolías de tanto y tanto fracasado, todos esos informes genéricos que tratan de reflejarlos como chicos violentos y distintos a otras generaciones, las quejillas de algunos de sus profesores, los lamentos de sus padres, las chorradas de la publicidad que los persigue, la monotonía de sus videojuegos, la simpleza de muchas de las películas que les lanzan y, para colmo de males, las contradicciones y afanes propios de su edad, tan insufrible como inolvidable. Convengamos que entre tanta falacia y tanta distracción es más que posible que puedan perderse en el camino y no darse cuenta de que lo que se traen entre manos es en verdad algo muy serio y al tiempo muy divertido; en concreto, la etapa más explosiva de la vida de cualquier persona, en cierto modo un tiempo vital sagrado, irrenunciable. Cuando yo era adolescente, en España gobernaba un tal Felipe González y comenzaba a otearse una crisis económica en el horizonte. En Inglaterra, los obreros se las liaban gordas a Margaret Thatcher y también había alguno que otro que decía que el orbe que conocíamos se acercaba a su ocaso tras la caída del Muro de Berlín. No hace demasiado de ello, por lo que el mundo no era muy distinto al de hoy. La realidad, sin embargo, es que me acuerdo de todos asuntos socioeconómico casi de milagro y que lo queda en mí de verdad de aquella época no es otra cosa que los partidos de fútbol con los colegas las tardes de los viernes, el subidón de tener por vez primera novia, el ambiente del instituto, algunos profesores, un grupo de teatro, los libros, las buenas películas, fines de semana sin los padres o las primeras madrugadas. En realidad, el sueño de estar vivo y tener la existencia por delante con todo por conocer y con todo por disfrutar. Confío en fin en que con tanta tristeza ambiental y tanto llanto apocalíptico no acabe pagando en su alegría esta crisis una generación que ninguna culpa tiene de ella y de la que dentro de 20 años supongo que ni siquiera se acordarán. Quiera la fortuna que no les afanen a ellos el milagro de la edad.

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