A lo peor me equivoco -da igual: la memoria de pez que nos inserta la infoxicación juega a mi favor-, pero en marzo o antes van a levantar las barreras de los corrales de las macro granjas en las que nos tienen estabulados, pasaremos de ser ganado intensivo a parecer extensivo, ecológico y de calidad. En las más selectas secciones electorales, las que deciden -esas que cambian el sentido del voto, y tanto preocupan a los gurús electorales- la operación se parecerá más a cuando se sacan los gorrinos a comer bellota para el engorde antes de ir al morir, que es el votar; en las secciones poco volátiles -las del voto a piñón fijo- seguirán vaciando volquetes de la basura ideológica habitual que será devorada por ansia por las distintas ganaderías y transformada a toda velocidad en estiércol para lanzar al otro lado de la valla y en grasa barata para la urna picadora. Una vez llegue el votar, que es el morir, volveremos, para ellos, a estar muertos hasta el siguiente ciclo político: la muerte en política es así: no definitiva o sí, relativa siempre, lateral, colateral, torcida, retorcida y reversible como las mejores chaquetas de campaña. Ellos ya han decidido que esto se acaba y ya está. Chinpum.

Y no estoy diciendo que me parezca mal -ni bien-, el caso es que contar a los muertos a diario tiene el efecto de que los muertos terminan convirtiéndose en números -menos los propios- y como sociedad ya nos hemos acostumbrado a que todos los días se caiga un avión, y ahí me incluyo: va a cumplirse un año que falta el principal lector de esta columna y no me acostumbro a vivir sin él, pero puedo -podemos- vivir perfectamente sabiendo que a diario doblan la servilleta un centenar o más de comensales a causa del coronavirus.

Puestos a hacer números, si restamos los que mueren a los que nacen, resulta que hoy hay 100.000 almas más en el planeta Tierra o cabezas de ganado humano, según se mire, de hecho, si miramos la curva de crecimiento de la población mundial en el último milenio y la del omicrón ese en el último mes son igualitas: somos una plaga porque no hay nada más resiliente que la especie humana. Al final salió el palabro, introducido por un entomólogo el año que yo nací (C.S. Holling, 1973. Resilience and Stability of Ecological Systems, Annual Review of Ecology and Systematics) que como todos ustedes saben, viene del latín resilire y define la cualidad del que vuelve a saltar y quedar como estaba. Como estaba. Pues resilien ustedes, o como se diga.

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