EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Antes de irme, que me fui, ya compartí algo así como que exprimir un limón agotado no era perseverancia sino cabezonería, que no se trata de apurar las gotas últimas para que todos noten lo poquísimo que se da en esas circunstancias penosas. Unos cinco mil kilómetros después, felizmente reencontrado con la muy estimulante sensación de mirarse al espejo manteniéndose el respeto (lo del cariño ya se andará) ando dispuesto -ahora ya sí- a dejarme apretar a ver si vuelve a salir jugo. Yo creo que hay bastantes posibilidades, pero tengo algunas condiciones porque estar de vuelta con buen ánimo no implica haber perdido la memoria.

La primera: vale exprimir, pero no molestar. Me explico. Uno se tiene que dar a lo que sea y a lo que haga con pasión. A estas horas de la fiesta, sé que la pasión, no obstante la necesaria presidencia que debe ocupar en el pódium de los principios rectores vitales, no es algo que te acompañe siempre y en cada momento. Es decir, te levantas a las seis y media con más o menos ganas, pero es raro que en ese momento te arrebate la pasión; puedes ir más rápido a la ducha y tomarte las cosas con buen espíritu pero pasión, lo que es pasión, no la hay para eso. Es más un tema de objetivos: si tienes una meta por la que pelear, lo que hagas para lograrla, así, en general, debes afrontarlo con esa voluntad que suple la ausencia de ganas cuando no hay.

Lo que pasa es que declarar esto como intención y como modo de funcionamiento no permite, a mi modo de ver, o por lo menos, a mi modo de ver de ahora, que los espectadores de tu vida puedan juzgarte si te escapas de ese esquema. O sea, que yo puedo decirme y decir que las cosas se hagan con toda la pasión del mundo, pero si por lo que sea, no estoy todos los días con las baterías a tope, aconsejo seriamente que no me vengan a ajustar cuentas.

Segunda. Hay que decir sí muchas veces, pero no, más todavía. A ver, no todo se puede. Y aunque se pudiera, no compensa el desgaste ni es conveniente estar para casi todo. No se trata de vaguear, ni mucho menos, sino de procurarte una relación de obligaciones más realistas, más eficientes y mejor adaptadas a tu tiempo y capacidad. El refranero sabio enseña que quien mucho abarca, poco aprieta. Pues eso. Menos es más y, si no, como mínimo, es más cómodo.

Y, last but not least, otro grande para nota: el maestro Yoda en La Guerra de las Galaxias, "hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes". Ni media palabra más. Si eso servía para mover naves, grandes como una catedral, no voy a ser menos en mis batallitas. No voy a intentar nada. Lo que haga en las 47 semanas, solo 47, que quedan desde hoy hasta que vuelva lo bueno se quedará hecho, y lo que no, listo. A exprimir, de acuerdo. Lo que haga falta. Pero no porque estemos para eso, sino porque nos da la gana estar. Y, entre medias, si se quiere, nos leemos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios