Hemos contenido el aliento desde la madrugada del martes. Pero, al fin, ya está. El camino no ha sido fácil, ni mucho menos, pero tampoco perdamos la perspectiva. Lo que ha distorsionado el momento ha sido este tiempo tan elástico. La noche del martes pareció confusa, pero solo porque quedaba tela que contar, no que cortar. La tela ya la cortaron los votantes y el diseño era seguro: más votos para la normalidad que para la mentira. La tarea de recuento debía prolongarse hasta declarar un vencedor. Esto es una rareza para una sociedad volcada en lo inmediato, sometida a la velocidad de un tuit, pero en una elección cargada como ninguna otra antes de voto anticipado y voto por correo es normal que tardase. Eso, no obstante, alimenta los nervios. Ya se sabía que iba a ocurrir y también que el desarbolado defensor del trono del exceso lo aprovecharía en su indecencia. Ocurrió. El trilero pretencioso paró el reloj de la verdad para fabricar su última patraña: votos legales e ilegales; duda, oportunidad, fraude y batalla. Todos eran legales, todos, pero los que aún no estaban contados entonces fueron rebautizados por ese mesías apocalíptico de pacotilla como ilegales. Y tradujo la espera como duda, la duda como opción, la opción como fraude, y el fraude como su teatro de operaciones favorito. Eso también lo sabíamos.

El estrambote final de este personaje le hace justicia. Que alimentase la pataleta del perdedor, irresponsablemente insuflada a sus seguidores, no oculta el hecho de que sea muy competitivo y que haya contado, a pesar de ser lo que es, con un respaldo enorme. No limita la reflexión, muy necesaria, sobre esta realidad y las deficiencias que padece la democracia frente al populismo (habrá que mirar bien por que ha conseguido apoyos tan relevantes en algunos territorios, por qué algunos sectores despreciados por sus políticas han sido tan receptivos a su mensaje vacío y por qué cuesta tanto, en definitiva, superar por los demócratas el simplismo contradictorio de los populistas). Pero tampoco debe minimizar la verdad de lo ocurrido: casi 75 millones en su contra, a favor de un nuevo tiempo, y una victoria clara. Ha llegado con más lentitud el resultado, pero esos 75 millones solo estaban esperando ser contados. Estrambote justo, he escrito: de histrión con poder a simple bufón.

No lo he nombrado hoy ni una sola vez, porque ya ha pasado y no merece tener más sitio en los papeles que el imprescindible para enfangar un poco la historia. La tensión judicial que promete no llegará a nada. Es solo artificio. Como todo él. Una anécdota. Un mal recuerdo. La grasa sucia de toda máquina en funcionamiento. En cambio, sí nombro aliviado al futuro: presidente Biden y vicepresidenta Harris, haciendo, otra, Historia. Y, ahora, ya sí, a respirar. Y a reconstruir.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios