Volver a cruzar la piel de toro, volver bajo los pinos que plantó el abuelo, volver frente a la valla y que no nos abras, que no estés ahí dando indicaciones con los brazos a tu nuera para que no roce el buga nuevo, que no les riñas a los niños a la hora de la siesta o a cualquiera, sea persona, hora o cosa, porque hasta al puntero del ratón le blasfemabas cuando se perdía de vista. Volver a la Purísima y con ojos de niño recordar el esplendor que se fue, aquellos bautizos y aquellas comuniones de mesas de tablero largas, de familia extensa, de primos hermanos y tíos de las aldeas con sus trajes de los domingos y sus calvas morenas de sol a sol, las fiestas de tu hermano, menudo descontrol, las vueltas de la Zurra, nuestros primeros desfases, Catufos, Sastres, Pibes, Maderas y el mundo por delante.

Volver y al levantarme e ir a la cocina esperar verte allí tocando el violín a punto de espetar ¡Quién quiere jamón! Volver y estar una semana sin encender el fuego por no querer llorar al acordarme de lo que le gustaba a tu hermano arrimarse al ascua cuando yo la encendía, por no acordarme del último rebote, cuando te dije que ya no volvería nunca a cocinar para ti el día de las costillas Tony Roma. Volver y estar aquí ya casi una semana sin que ninguno de tus primos, a los que tú adorabas, haya venido a ver a madre, a la que yo adoro, sabiendo que está aquí, ni falta que nos hace.

Volver tras estos meses de conversación constante contigo, en los que al hacerme cargo de cosas que tu hacías hemos estado hablando de por qué esto es aquí, o aquello en aquel banco, y todo lo que me dejaste dicho -que entonces no atendí- cobra sentido completo -más de medio año anudando mi garganta en cada revelación- y resulta que no me has dicho donde coño está el pozo ciego, a ver ahora como demonios lo vaciamos. Volver a la Purísima con ojos de primo y constatar que del esplendor a la decadencia hay un largo y dulce camino, pero de la decadencia a la ruina el camino es doloroso y ancho, de largo ya veremos.

Volver a la Purísima con ojos de padre y con tus nietos limpiar, sanear y pintar lo que nos pertenece: un sitio a la sombra de los pinos que plantó el padre del padre del padre de mi hijo. Preparar hoy la paellera, buscar la leña, convocar para mañana a los amigos que son la familia que se elige, la que más se cuida, la que está aquí hasta cuando los kilómetros son miles. Volver a encender fuego y aferrarnos a la alegría y al vino, eso es lo que vamos a hacer, dar lo que tenemos, poner a las personas por encima de las cosas, ser dueños de nuestro tiempo y querer a quien queramos querer, que es lo que tú nos enseñaste.

Volver a la Purísima con los ojos de hijo y disfrutar al ver como el mío ocupa tu sitio en la mesa y yo sigo en el mío, a la derecha. Irnos con mamá al último paraíso que hemos descubierto, entrar con ella en el mar después de tantos años, comer una del senyoret muy cerca del tío de la Albufera que siempre decías, acordarnos de ti y ser felices sabiendo que sigues vivo en nuestros corazones, padre.

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