La última vez que salí del agua en marzo iba camino de bajar de la centena, notando esa bendita agilidad que te da varear olivos o vendimiar, montar en bici o nadar, esa ligereza que surge al soltar lastre y te hace creer más joven; he vuelto Moby Dick -y soy yo el Ahab que la persigue- a las instalaciones deportivas municipales, y todo es muy extraño. No es sólo la sensación de irrealidad que produce el tener que estar todo el rato pendiente de reglas e indicaciones: la ausencia de libre albedrío siempre oprime al alma, sobre todo cuando es -aparentemente- autoinfligida, por aquello de la responsabilidad. Es echarse al agua, placenta de Lepanto, y desaparecer la maldita sensación. Sólo un chapuzón y es el fin de la opresión, cuando de repente cambia el tema en los tapones sonoros, suena Dazed and confused de los Zeppelin, y un manto de tristeza cae sobre mí sin motivo aparente. Sigo nadando triste, la vista fija en la franja de losetas azul oscuro que marca mi camino subacuático, todo el mundo me adelanta. Eso es. Ocho calles: diez o doce cuerpos, todos más rápidos, todos más jóvenes, todos más esbeltos que yo. Faltan y su ausencia angustia. Cambio a Run to the hills y nado con rabia hasta que duele, salgo, me enjuago, me visto y me voy. De nuevo fuera, llenas las mesas, la vida bulle como río que reclama su cauce; la gente ríe en las terrazas y yo sonrío por simpatía o por ósmosis directa. Y está bien. Así ha sido siempre y así debe se r.

La humanidad siempre se sobrepone a las catástrofes en torno a una mesa bebiendo algo fermentado o destilado, por eso desconfío más del que no bebe que de un tío que se tiñe: o se lo ha bebido todo, o espera que tú lo hagas para joderte, o es un puritano, y entonces date por jodido. Cuanto mayor sea la catástrofe, mayor el estallido de júbilo -del hebreo yobel, sonido de trompeta, Jubal, padre de todos los que tocan la lira y la flauta, al latín iubilare, alegrarse-, esa es nuestra naturaleza, y de ese torrente de vitalidad nace el talento y la capacidad de esfuerzo con la que España va a salir de todo esto mejor y más rápido de lo que todo el mundo espera. Porque a fuerza de palos somos más resistentes; porque a fuerza de currar más duro que los del dumpin fiscal, tenemos agudo el ingenio; porque siglos bajo el intento de dominio de curas, reyezuelos y caciques -electos o no-, nos ha dotado de una sana acracia que nos hace como un junco. No voy a decir que somos mejores, con saber que no somos peores que los que nos juzgan desde la hipocresía puritana ya nos vale. Hoy confundo la realidad con mis deseos, permítanme. Duelo y respeto a los muertos. Los viejos que faltan vuelvan pronto a las nadadas, y el resto a las andadas. Menos los que no tienen que volver a nada, porque no han cambiado un ápice en todo este trance: a ver si esta vez lo pagan.

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