La esquina

Volar de pie

HACE más de treinta años que se bautizó como síndrome de la clase turista el conjunto de patologías que afecta a un número nada despreciable de viajeros de larga distancia (avión, sobre todo, pero también coche o autobús). Se calcula en un 3% los pasajeros que, por la inmovilidad forzada, la deshidratación y la baja humedad ambiental en los largos trayectos, sufren trombosis en las venas de las piernas. A veces, si el coágulo emigra desde la pierna a la arteria pulmonar, llegan a la embolia e incluso a la muerte.

Las compañías aéreas se quejan de la mala prensa que asocia este síndrome con los viajes en avión, pero cualquiera que haya estado volando durante una temporada sabe que, en general, los asientos son cada vez más estrechos y las distancias entre unos y otros cada vez más cortas. Los pasajeros se sienten como sardinas en lata o pájaros en jaula. No creo que haya empresa o institución con un mejor aprovechamiento del espacio físico que una compañía aérea. Bueno, sí la hay: otra compañía aérea, pero de bajo coste, en la que la reducción de precio que tanto ha ayudado a universalizar los viajes no ha sido sólo a costa de los servicios y suplementos, sino también de la superficie de que dispone cada víctima (cada usuario, quiero decir).

Si eres gordo y muy alto, o también muy bajo, y si consumes alcohol durante el vuelo, tienes más posibilidades de que te dé la trombosis. Y todos, gordos y flacos, grandes y chicos, borrachuzos y abstemios, veríamos multiplicado el riesgo si cierta compañía de bajo coste, de notable éxito y publicidad agresiva, consigue que la autoridad le permita, y los fabricantes le ayuden, habilitar una nueva clase de asientos que, en realidad, no serían asientos, sino localidades de a pie: el pasajero iría sentado en vertical, en unos bancos o taburetes -no se sabe muy bien- y protegidos con cinturones de seguridad durante el despegue y el aterrizaje. Baratísimo, desde luego. Nada más pensarlo a uno le da vértigo y se imagina volando a diez mil metros de altura completamente tieso, quizás echando de menos la barra a la que se agarra en el autobús o el metro y echando de más la maldita ocurrencia de someterse al experimento por unos euros. Eso, si una turbulencia no termina por descomponerle el estómago y algo más.

Aunque parezca novedoso, esto ya le había ocurrido antes a una pequeña compañía china. Se comprende, porque es que en China no cabe un chino más ni en los aviones. Aquí no creo que tenga éxito ni que nadie acepte, sólo por ahorro, convertirse en viajero de tercera en un avión y volar de pie en las cinco o seis últimas filas. Quizás en esa zona desaparezca el síndrome de la clase turista, pero aparecerán otros peores. Uno, el síndrome de la clase acojonada.

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