En tránsito

Viva la histeria

Los grandes medios de comunicación se han convertido en propagadores de noticias alarmistas

Hace un mes se anunció que había aparecido una variante particularmente virulenta del Covid en Sudáfrica, la variante ómicron. Al instante, nuestros propagadores profesionales de histerias y terrores colectivos -que vienen a ser los nuevos hechiceros de la tribu, con sus calabazas y sus cuernos de antílope en la cabeza- empezaron a proclamar la inminente llegada del Apocalipsis y de las lluvias de azufre y fuego. Pero ahora se acaba de confirmar que no ha habido ni una sola víctima mortal en Sudáfrica y que las consecuencias de la variante ómicron han sido mucho más benignas que las de la variante delta, que tampoco fue tan mortífera como se nos había anunciado. La noticia de la aparición de la terrorífica variante ómicron recorrió los platós de televisión de medio mundo -o del mundo entero-, y eso creó una razonable angustia en mucha gente. En cambio, la noticia de que no ha habido ni una sola víctima mortal en Sudáfrica apenas ha tenido repercusión alguna.

¿Qué está pasando aquí? Se mire como se mire, todo indica que la histeria es muy rentable y que interesa que la población se muestre angustiada e inquieta al precio que sea. Y por eso mismo, los grandes medios de comunicación -las televisiones, sobre todo- se han convertido en propagadores y distribuidores de toda clase de noticias alarmistas que sólo buscan provocar el histerismo de los espectadores como si estuvieran viviendo el fin del mundo. Y en vez de calmar a una población desorientada y temerosa, los grandes medios de comunicación se dedican a difundir las noticias de la forma más alarmante posible. Cuando más miedo infundan, más audiencia piensan tener. Y se pasan la vida compitiendo con las cadenas rivales en busca de la noticia más estremecedora -por disparatada que sea- con tal de provocar el mayor grado de aflicción y miedo entre el público.

Es una estrategia suicida. Los gobiernos, que no saben qué hacer y que sólo quieren aparentar que toman alguna medida -por lo general inútil- que pueda proteger a la población, se ven obligados por la avalancha de noticias alarmistas a tomar decisiones cada vez más restrictivas, y que además anulan derechos fundamentales de los ciudadanos. Y así vamos entrando en una espiral diabólica de la que nos va a ser muy difícil salir. No olvidemos que la gente de la calle está muy cabreada. Qué desastre.

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