Hay meses que pasan como las bandadas de olivos que pasan por las ventanas del AVE en el que escribo esto. Este octavo mes del noveno año de la segunda década del tercer milenio de nuestra era está siendo un pestañeo. Digo octavo porque, como todos ustedes no saben, octubre viene de ocho y era el octavo mes para los romanos. Y con Roma empezó octubre. Un wasap del gran Ibañez Castro, querido colega y sin embargo amigo, buque insignia de la arqueología en Córdoba, de la Junta lo mejor, y mejora cualquier junta: -Piqueras, tienes que ver esto. Y tras las huellas de César nos plantamos en la circunvalatio de Ulia. Y ésto era un carro íbero como no han visto los siglos. Y más que el carro, preciosa información sobre la última campaña militar de Julio César. Ese iba a ser el tema de mi non nata tesis doctoral, cuando en 2008 mi mundo laboral se derrumbó. Jamás podré agradecerte bastante, Alejandro, la mañana de sol y brillo en los ojos que me brindaste para abrir este octubre, diez años después.

Conocer al joven Doctor Javier Moralejo, discípulo de Quesada y mil veces mejor arqueólogo que yo; poder contarle lo que tenemos visto y que lo contraste, en diciembre, con nosotros y algo en el fuego -ya sé dónde vamos a hacer la candela-, a la luz de esa metodología que Molinos, Ruiz, Bellón y los demás colegas del CAAI usaron como faro para reconstruir la batalla de Baécula. Esto es muy grande. Al fin las huellas de César van a ser reveladas: las batallas y las ciudades perdidas. Esto es un descubrimiento de impacto mundial. Una oportunidad de oro para darle la vuelta al modelo con el que se gestiona y se transfiere lo arqueológico en esta tierra nuestra.

El arqueólogo debe de dejar de ser el notario de la defunción del patrimonio. Hay que sacar todo el beneficio: de bene (bueno), facere (hacer). En la parte científica ya están los benefactores sobre el campo, y hay un horizonte de varios años de campañas fructíferas. ¿Y en lo cultural, lo social y lo económico? A estas alturas de la película no le vamos a pedir peras al olmo, ni dineros a la Junta que se supone que es la competente en la materia; con que no estorbe a través de sus cuerpos dificultativos, y deje hacer lo que hay que hacer a quién sabe hacerlo porque lleva décadas haciéndolo ya vale.

Al resto: abandonen el localismo cateto y tejan una red de trama fina que recoja el beneficio: el Río Grande, el Betis tiene un abundante caudal de patrimonio que debe ser palanca de cambio a mejor en las condiciones de vida de las personas que poblamos su valle. ¡Viva el Betis! Manque pierda.

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