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Vísperas

Lejos del frente, en la sombría retaguardia de los campos, el horror alcanzaría magnitudes nunca vistas

De los cañones de agosto habló la periodista e historiadora Barbara W. Tuchman en el título de un exitoso libro dedicado al comienzo de la Gran Guerra, que empezó a finales de julio y cuyo primer centenario hemos conmemorado a lo largo del último lustro. Sólo un cuarto de siglo después de la violación de Bélgica por los ejércitos del César tullido, con el recuerdo todavía fresco del infierno de las trincheras, otro agosto anunciaba la inminente llegada de una contienda que se preveía, dados los antecedentes, aún más brutal y devastadora. Demasiado tarde comprendían los aliados el fracaso de su política de apaciguamiento que no sólo no frenó el expansionismo hitleriano, sino que lo estimuló en su apetito insaciable. La crisis del corredor de Danzig, que partía en dos el antiguo territorio de Prusia, fue la excusa para el ignominioso pacto germano-soviético, teórico tratado de no agresión que incluía un protocolo secreto por el que los dos tiranos acordaban el reparto de Polonia y la anexión a la URSS de Finlandia y los países bálticos. El siniestro montañés del Kremlin, aquel otro despreciable hombrecillo de los bigotes de cucaracha y los dedos como gusanos grasientos, según lo definiera el valeroso Mandelstam en el epigrama que le costaría la vida, acababa de poner fin a las purgas masivas del Gran Terror y gracias a su sucia alianza con los nazis -defendida por la servil propaganda comunista de las naciones occidentales, con mayor empeño que los propios fascistas- pudo extenderlas a los refugiados en Alemania, pero no sospechaba entonces que menos de dos años después las implacables divisiones de la Wehrmacht, tras ocupar buena parte del continente, encaminarían sus pasos a Rusia. Todos los historiadores hablan de la irresponsable escalada que condujo a la Primera Guerra Mundial, una catástrofe a la que los dirigentes, ebrios de militarismo, se arrojaron como sonámbulos, según la imagen acuñada por Clark, pero la Europa que esperaba angustiada el inicio de las hostilidades en agosto del 39 no era el mundo casi decimonónico, ingenuo y confiado que había despedido a las tropas -antes de Navidad volveremos a casa- en el esplendoroso verano del 14. Incluso los enardecidos súbditos del Reich, envenenados como estaban por el deseo de revancha, el odio racial y el nacionalismo desaforado, sabían que les aguardaban jornadas en las que los suyos, para someter o aniquilar a millones de enemigos, caerían por cientos de miles. Las tempestades de acero que con gélida precisión había descrito el escritor soldado se quedaron cortas. Lejos del frente, en la sombría retaguardia de los campos, el horror alcanzaría magnitudes nunca vistas.

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