Urbanitas norteños es el apodo que nos han regalado a quienes cuestionamos el hecho de que el alcalde de Cádiz haya concedido una medalla a la patrona de la ciudad, la Virgen del Rosario. En una entrevista con el Diario de Cádiz, Pablo Iglesias justificó la decisión del regidor gaditano aludiendo al "carácter de dignidad popular" de la Virgen del Rosario. "Yo creo que Kichi lo ha manejado de una manera muy laica. Los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo".

"Nosotros no somos sectarios. El laicismo no tiene que ser poscolonial…", decía Teresa Rodríguez. Vamos a tener que recomendarles a los dirigentes de Podemos la lectura del Tratado de ateología de Michael Onfray.

Y yo me pregunto que, si las cofradías son del pueblo, ¿por qué al presidente del Consejo Local de Hermandades y Cofradías de Cádiz lo nombra el Delegado Episcopal de Hermandades y Cofradías en nombre del Obispo, como ocurre en todo el país, en vez de ser nombrado por el Consejo del Movimiento Ciudadano?

Que haya un partido político que le conceda medallas a vírgenes no me parece nada original. Este país ha posibilitado durante demasiado tiempo que algunos hagan de su fe un argumento político, popular o cultural. La creencia religiosa, como tal, merece todo el respeto que las leyes le otorgan, el mismo que han logrado las ideologías democráticas, que no merecen el insulto de intentar convencernos de que la Semana Santa, el Rocío, las vírgenes y todas sus festividades son laicas.

En nuestra ciudad, ahora, se reza en las calles y con megáfonos. Para el que quiera y, para el que no, también. Córdoba, que tiene un pacto de laicidad, hace como Cádiz. En vez de limitar el uso de la vía pública para manifestaciones religiosas, les cambiamos el nombre por el de manifestaciones populares y aquí no ha pasado nada.

La libre elección espiritual de algunos empieza a parecerse al tapicero y al afilador cuando, con sus pitos y altavoces, nos avisaban de su llegada al barrio. Todos los fines de semana, en nuestra ciudad, hay una cofradía en la calle, un Rosario de la Aurora o un Vía Crucis, con todo lo que esto supone, ruido, corte de calles, horas extras de policías, de Sadeco…

El problema no sólo es de medios y de incomodidades, que también. Gran parte del problema está en la falta de criterio y de valentía de los firmantes del Pacto de Laicidad para tomar decisiones que nos alejen de posicionamientos retrógrados e incoherentes que terminen radicalizando, en vez de potenciar la tolerancia que todos practicaríamos si la Diócesis no se diera al abuso que ahora práctica porque se le permite.

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