Editorial

Vandalismo urbano

E L vandalismo ha dejado de ser un fenómeno marginal en las grandes ciudades andaluzas para convertirse en un problema creciente que, si bien puede considerarse cuantitativamente poco significativo, empieza a ser preocupante por sí mismo y por lo que representa de fractura social y anomalía cívica. El informe de dos profesores universitarios que acaba de publicar el Centro de Estudios Andaluces calcula que los actos vandálicos en las capitales se han multiplicado por cuatro, como media, en los últimos cuatro años, a tenor de las denuncias formuladas. El perfil del gamberro callejero es el de un adolescente varón que dirige su malestar a la quema de contenedores, destrozo de papeleras, pintadas y grafitis. Según los investigadores, los actos vandálicos se han multiplicado al aumentar el descontento social como consecuencia de la crisis y por el efecto de difusión logrado mediante su grabación y extensión vía internet. También cabe destacar como factor determinante cierto efecto llamada derivado de los disturbios desencadenados en los barrios periféricos de París y otras grandes urbes. Junto a estos elementos destacados en el estudio, hemos de resaltar la influencia que en la extensión del vandalismo han de ejercer forzosamente cuestiones como la crisis de valores en que se encuentra sumida parte de la sociedad y la incapacidad del sistema educativo para vehicular en una dirección positiva la lógica rebeldía juvenil. El modelo social que se está consolidando viene caracterizado por un feroz individualismo, la eliminación de los límites a la actuación personal y la devaluación del concepto de lo público como un bien que ha de cuidarse entre todos porque a todos cuesta y a todos beneficia. Aunque las medidas represivas ante estos actos son del todo punto necesarias y se debe incitar a las autoridades a preservar el mobiliario urbano, la limpieza y las normas de convivencia ciudadana, no cabe duda de que el acento ha de ponerse, una vez más, en los programas de educación e inserción social que, empezando por la familia y siguiendo por la escuela y las instituciones, favorezcan el desarrollo de una juventud con conciencia de su dimensión social y cívica. El vandalismo ha dejado de ser la manifestación puntual de una rebeldía minoritaria y desenfocada para convertirse en un problema colectivo que a todos afecta.

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