Sánchez, ya casi candidato, dijo en la tele el otro día, cuando nos enseñó a todos la política grande que predica, que si gobernase con Podemos no podría dormir. Ya se había frustrado de manera definitiva cualquier acuerdo que permitiera investirlo presidente. Tampoco valía la oferta de última hora de Rivera, motivada por lo que fuera: una abstención sometida a condiciones que el propio Sánchez afirmaba cumplir. Ni lo uno ni lo otro ni lo del medio. Sánchez solo barajó dos opciones por el bien de, pongámonos serios, sus compatriotas: o gobernar solo con los votos de Iglesias, o gobernar solo con la abstención técnica del PP y Cs. Como no se da, elecciones.

La maquinaría de la mercadotecnia barata que nutre la política politiquera de hoy se puso en marcha de inmediato. La mayoría de la gente está bastante perpleja ante tanta soberbia sin fundamento y tantísima incompetencia (por eso muchos hemos solicitado que no se nos mande propaganda electoral en un tiempo récord, por ejemplo) pero es que, además, ahora, parece que va a tener que aguantar nuevas lecciones. Rápidamente, se nos mandó el mensaje simplón de que votar no es malo, ¡cómo va a serlo en democracia!, y que las elecciones en democracia nunca pueden ser un fracaso. Poco falta para que quienes señalamos que la repetición electoral es la evidencia de su fracaso, no del nuestro ni del sistema, sino estrictamente suyo, seamos tildados de anti-demócratas, porque en la simpleza del argumento del famoso relato reside su vileza: dejan caer la nadería inconsistente de que ser demócrata es querer votar siempre, sin alcanzar a comprender, o con un cinismo delirante, que si eso fuera cierto en una democracia representativa como la nuestra, ellos y ellas no harían falta alguna.

No es así. Ser demócrata es, por supuesto, votar sin miedo y con ilusión, pero ser demócrata es también defender que lo votado sirva para que el país funcione y juzgar si los elegidos para hacerlo en nuestro nombre gestionan digna y diligentemente el patrimonio que les prestamos, algo tan serio como nuestra cuota de soberanía. Tenemos la certeza de que no lo han hecho porque estamos obligados a repetir nuestro mandato por su impericia y, aunque la repetición se sustancie votando, la negligencia de estos irresponsables es tan enorme que tiñe de pena negra la que debería ser siempre una colorida fiesta de la democracia. Como demócratas acudiremos a votar, pero no porque debamos reivindicar nuestra condición (que no merece ser mínimamente puesta en duda) sino porque han dilapidado su crédito, con miedo de que lo vuelvan a hacer y sin ilusión porque la han destrozado. Un lodazal de reparto de culpas: no votaremos por quien construya más país, sino por quien lo destruya menos.

Repiten todos los actores principales del fracaso. Y ni uno solo promete valeriana, para que durmamos tranquilos.

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