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Crónicas levantiscas

Juan Manuel Marqués Perales

Urkullu, los 15 y el que no cuenta

Si hay que sobrellevar la singularidad vasca, se sobrelleva, con la educación y el respeto que muestra Urkullu

Ukullu bajó a San Millán de la Cogolla, que es como la casapuerta del País Vasco, saludó al resto de presidentes autonómicos y conversó varios minutos con el Rey, que le trató con especial deferencia. En los monasterios de San Millán se escribió por primera vez en castellano y en euskera en esas glosas con las que los monjes, probablemente bilingües, anotaban comentarios al texto en latín. La presencia del lehendakari en San Millán hace más ridícula la ausencia de Quim Torra, de ahí el elevado precio que pagó el Gobierno por ello: los 2.000 millones de euros que deja endeudarse al Gobierno vasco. Los presidentes autonómicos del PP -entre ellos, nuestro Juanma Moreno- expresaron su enfado por el precio. No a todos se les trata igual. Y es cierto. Los vascos y los navarros consiguieron esa primera adicional de la Constitución que les otorga ese trato singular.

Esto es algo que hay que sobrellevar, y se sobrelleva si, como en el caso de Urkullu, el comportamiento es leal y las formas son de respeto a las instituciones del Estado. Con educación se llega a todas partes, que dirían nuestros abuelos. Urkullu acaba de entregar a la Fundación Sabino Arana la documentación de la labor de intermediación que ejerció entre Mariano Rajoy y Carles Puigdemont para evitar tanto la aplicación del artículo 155 como la declaración de independencia, con una fórmula que pasaba por la convocatoria de elecciones anticipadas en Cataluña. Su comportamiento fue leal.

Algo hay que reconocerle al PNV. Durante los meses del estado de alarma, el único Gobierno que ha hecho valer su verdadera vocación de autogobierno es el vasco, porque el resto ha protestado, ha demandado y hasta se ha indignado, pero cuando le ha tocado gestionar ha solicitado al Gobierno central, con el mismo ahínco, una norma básica a la que poder agarrarse para ser desarrollada de modo particular en sus territorios. Eso no lo hace el Gobierno vasco. El PNV se cree lo del autogobierno, no espera a que la ministra de Educación le diga cómo van a volver los niños a las clases.

El gesto de Urkullu será costoso, pero deja solo a Torra. No tienen apoyos ni dentro ni fuera de España, a las cárceles ya no van a protestar ni medio centenar de leales. Una de las consecuencias de la pandemia es que el independentismo catalán, que era nuestro principal problema hace un año, ha quedado desactivado. Aunque las próximas elecciones de octubre las vuelva a ganar el nuevo artilugio de Puigdemont o el eterno secundón de Junqueras, esta vía está acabada, y la mayor parte de los catalanes que, coyunturalmente, fueron independentistas se han cansado de la épica.

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