Volvemos esta semana a Nueva York, que bien vale una misa y un par de columnas seguidas. Ya en casa sanos y salvos, nos hemos traído el invierno y algunas sensaciones. Antes de partir tuvimos el placer, en Priego de Córdoba -¿quién lo iba a decir?- de compartir mesa -y mantel- con Juan Verde, que ha trabajado al más alto nivel en el Departamento de Comercio del Gobierno de los Estados Unidos, durante las administraciones de Clinton y Obama. Salió en la conversación que había una encuesta que decía que el 68% de los estadounidenses vería con muy malos ojos que alguno de sus hijos se casara con alguien del otro partido. Terrible. Pura polarización política. Le contestamos, sin datos, que esa percepción la teníamos aquí: más acentuada en Cataluña por las andanzas de los bebedores de cava de Pedralbes y los nietos de los charnegos a los que desprecian y explotan -y por la reacción, claro-; y algo menos en el resto de España por el abandono de la centralidad política por parte de todos. Por la inexistencia de foco en la agenda de los temas importantes, como les venimos contado desde hace ya algunos meses.

Hablamos, cómo no, de las midterm, y de cómo las campañas electorales aumentan la tensión social. Quién nos iba a decir que una semana después, algunos de los amigos de Juan iban a recibir un sobre bomba, totalmente funcional, pero desactivado. Una amenaza real que bien conocemos en España: sobres con balas, dianas con el nombre como preludio del epitafio. El detenido es de la alt right, y nos quieren vender es un zumbado, pero no cuela: es el síntoma claro de una escalada que hay que frenar a toda costa. Les decía aquí hace seis semanas que de la duda nace la tolerancia que nos permite ver al discrepante, o al adversario, o incluso al enemigo, como un semejante, como un humano. Y aquí volvemos a NYC: salí en la mañana del viernes 26 a dar un paseo y a fumar una pipa -la mejor manera de fumar allí es paseando, si te paras seguro que hay una señal de prohibido fumar-. Me enteré de lo de los sobres bomba en la primera esquina. La poli, abundante, hacía lo suyo, de aquí para allá, buscando a los malos. La gente, diversa, variopinta -vaya pintas, y todas juntas- parecía ir a lo suyo, pero apenas encendida mi Castello cargada de Escudo, me di cuenta de que se miraban a los ojos, me miraban a los ojos con calidez, con complicidad como diciendo: "Somos Nueva York, somos humanos, no van a poder con nosotros".

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