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Ufología

Mereceremos la sumisión, o cosas peores, y nadie podrá decir que no estábamos avisados

Había objetos volantes, no del todo no identificados, que mandaban señales luminosas. Había abducidos que volvían o no volvían después de recorrer distancias siderales. Había jipis viejos que anunciaban encuentros en la tercera fase y muchachas que enloquecían al ritmo de la comparsa extraterrestre y curas relapsos que pronosticaban un futuro espeluznante en el que los humanos, olvidados del Cristo, nos entregaríamos a cultos abominables. Proliferaban las asociaciones entregadas a la tarea de contactar con los habitantes del otro lado del sistema solar, a milenios luz de nuestro pequeño mundo, más pequeño y desvalido que nunca. Los pilotos veían y callaban, o compartían sus insólitas experiencias con los servicios secretos, abrumados por la acumulación de evidencias indecibles.

Definitivamente, no estábamos solos. Abundaban las pruebas y los custodios de la revelación no lograban impedir que pioneros audaces difundieran las certezas ocultas. Demasiado bien supieron los antiguos que todo su conocimiento, que todo su poder, que todos sus logros se debían a extraños visitantes -ellos los llamaron dioses- llegados del aire. Los bajorrelieves los mostraban en figuraciones incontestables, con sus escafandras y sus relucientes esquijamas. Veíamos los platillos en fotos ciertamente borrosas, pero inequívocas. Las innumerables galaxias alojaban otros planetas entre los que al menos unos pocos tenían que haber alumbrado universos habitables y vida no del todo primaria y seres capaces de desplazarse por el espacio-tiempo para observarnos de incógnito.

Entre las fisuras del sistema, confabulados para que no trascendieran los hallazgos más inquietantes, se colaban investigadores que se atrevían a saber. Señores de cuello alto y vistosos collares étnicos, embravecidos por la ingesta de alcaloides o espirituosos, osaban desafiar la ley del silencio y se jugaban su improbable prestigio para enfrentarse a quienes trataban de mantenernos en la ignorancia.

Ahora estamos inermes y cuando lleguen los alienígenas -o cuando vuelvan, matizan los entendidos, porque rondarnos nos han rondado- nos acordaremos de aquellos pintorescos visionarios que clamaban en el desierto. Mereceremos la sumisión, o cosas peores, y nadie podrá decir que no estábamos avisados.

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