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Trastornos

Los que creemos en la Razón, el Derecho y la Igualdad podemos ir despidiéndonos de un mundo que ya no es el nuestro

Tal como se presenta, el siglo XXI será el siglo de los trastornos cognitivos. Nada es real y al mismo tiempo todo lo es. No sabemos nada y al mismo tiempo creemos saberlo todo. Escenificamos nuestra vida en Instagram como si fuera un delicado mecanismo de ficción. Recibimos un exceso de información y al mismo tiempo carecemos de las herramientas intelectuales para procesarla. Y cualquier mentira repetida se convierte al instante en una verdad.

En este sentido, el independentismo catalán tiene la batalla ganada desde hace tiempo. La revolución catalana -porque esto es una revolución- va a ser la primera revolución del siglo XXI, y los que creemos en cosas tan obsoletas como el Derecho, la Igualdad, la Ciudadanía y la Razón podemos ir despidiéndonos de un mundo que ya no es el nuestro. Nuestro mundo es El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y no éste de los opulentos narcisistas catalanes -Cataluña es una de las comunidades más prósperas de Europa, y da vergüenza tener que repetirlo- que se disfrazan de proletarios oprimidos por una tiranía decimonónica de toreros y señoritos. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que esa España ya no existe porque vivimos en la España de First Dates, pero da igual: hay millones de personas dispuestas a tragarse esa mentira. ¿Y para qué? Para que la República Catalana acabe siendo un confortable paraíso fiscal.

Un amigo de Barcelona me ha contado que unos padres tuvieron que enfrentarse al director del colegio de sus hijos porque éste, sin pedir permiso a nadie, había decidido llevar a los niños a las manifestaciones de la huelga general. Cuando un director de colegio se cree con derecho a usar a los niños como peones de una movilización, sin importarle lo que digan los padres, es que hemos entrado en una dinámica que es puro totalitarismo, aunque sea un totalitarismo disfrazado de sonrisas y claveles.

Algo muy grave nos está pasando. A comienzos de los 90, en Yugoslavia, las cosas empezaron así: directores de colegio que usaban a sus alumnos, televisiones que difundían mentiras prefabricadas, políticos que no escuchaban a nadie. Los trastornos cognitivos nos hacen creer que ahora nada de aquello es posible porque todo terminará bien, pero no es verdad. Cuando se inicia un conflicto civil nada termina bien. Nada. Y todo es igual que en los tiempos de Homero.

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