Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Transitar el tiempo

Nunca me agradó Nochevieja pero sí el despertar postrero. Salir a la calle como si te pusieras un traje impoluto

Los rituales del tiempo tienen la virtud de lo efímero. Iguales siempre y siempre distintos. Sólo habitándolos consigue uno entrar en la senda de aquellos pocos que, cabalgando en lo pasajero, se enseñorean de ese aquí y ahora tan pleno.

Con esa conciencia renovada espero cada año la llegada del concierto de Año Nuevo, una vez dejado atrás el ritual de las uvas obligadas. Nunca me agradó la Nochevieja pero sí el despertar postrero. Sales a la calle como si te pusieras un traje impoluto, con ese tacto aún por conocer de un nuevo dígito en el calendario, pensando ya en comprar el recambio de la agenda mientras la cabeza bulle en ideas como pluma ansiosa de escribir en un folio blanco entero. Sabes que los nobles propósitos durarán quizás hasta la pausa de los capirotes, pero al menos serán meses con una sonrisa, con un nuevo ímpetu en la mochila con el que mirar de frente a lo que se vislumbra a lo lejos.

Todo es deseo de felicidad y eso es bueno. Deseo, feliz, bueno, te repites dentro. Hay ciudades donde hasta queman los muebles viejos en la certeza de que algo hay que tirar para que entre el aire limpio. Y ya imaginas hasta la Cabalgata de Reyes, esa fiesta que es para mí la gran fiesta de toda la Navidad, al final y con regalos, casi como con premio por haber traspasado la frontera. Y para nosotros tres reyes cargados de misterio y no ese señor gordo y rubiete que tan extraño nos resulta a los que seguimos anhelando que sea verdad que la noche de Reyes vengan ellos a casa, con dromedarios y todo, y que este año por fin no nos traigan carbón, -no, por favor-, sino que hagan realidad ese secreto deseo.

Fluir con los cambios es el arte supremo. Tanto como el no aferrarse a los traspiés ya dados y buscar nuevas piedras en las que darlos. O quizás hasta evitarlos, que a todo se aprende a base de porrazos. Porque no nos queda otra que ascender la cuesta del optimismo precario hasta la esperanza serena cuando ves que hasta la fiesta del dos de enero queda como de rebajas y en privado, sin el griterío exaltado acallado de nuevo por el virus pertinaz pero, eso si, con fondo de tambores apocalípticos del negacionismo agorero.

Con levantar los ojos y mirar adelante ya basta. Y sonreír. Y dejarse llevar por las horas, los segundos, los minutos nuevos.

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