He iniciado estos días de asueto pontanero y andaluz con una jartá de Nerfli y papeo low cost -gracias Alfonso, caro direttore, por el último descubrimiento, otro día quizás hablamos por aquí de tus habilidades prospectivas- que estoy intentando curar con algo de lectura y con esto que les escribo-. Me zampé el miércoles por la noche un documental sobre los terraplanistas y el jueves de madrugada otro sobre R. J. Stone, un zumbao con Richard Nixon tatuado entre las paletillas y que lleva décadas asesorando con éxito a los republicanos y a sus presidentes: de Nixon a Trump ha estado metido en todos los fregaos importantes.

Resulta que Erastótenes, un cuarto de milenio antes de Cristo, con cuatro datos leídos en la Biblioteca de Alejandría, algo de geometría euclidiana y la rudimentaria medición de la distancia entre Alejandría y Asuán hecha por un camellero, nos dio la una medida de la circunferencia de la Tierra -262.500 estadios- bastante cercana a los 40.008 kilómetros que se estiman hoy. Lo primero que uno piensa cuando mira a los terraplanistas es que son una panda de anormales. En un segundo momento, indagando en las razones que les lleva a tomar esa postura, más allá del fuerte y natural gregarismo humano, de ese sentimiento de estar entre iguales que no se juzgan y que les cementa, subyace un escepticismo exacerbado, una duda total.

El tipo de duda que bajo el pensamiento lógico es cimiento de la ciencia, bajo el pensamiento mítico conduce a la conspiranoia. Recelan del gobierno, sobre todo el Federal, la NASA miente y todo lo demás, ya saben: la CIA, la NSA, los masones, los Iluminatti, etc. Vuelve uno a pensar que vaya panda de frikis, pero recuerda que hasta hace bien poco y durante largos años, principalísimas universidades españolas (Universidad de Barcelona, Universidad de Salamanca, verbigracia) han impartido másters de homeopatía, y eso a cualquiera que haya visto la Ciencia, aunque sea de lejos, mucha confianza no le da.

Que la Agencia Española del Medicamento, en vez de prohibir tamaña estafa, entre a regularla parece indicar que estamos gobernados por una banda de vendedores de crecepelo, de aquellos del Salvaje Oeste con la carreta. Cuando se termina de ver lo de Roger Stone -varias de sus movidas en la campaña de Trump están siendo investigadas por el Fiscal Especial Mueller- se da cuenta de que anormales, tarados, frikis, no es lo que mejor los define. Son ciudadanos cabreados con derecho a voto: la minoría mayoritaria, la mayoría silenciosa que va a hacer America Great Again, los del Brexit, los de Tractornia. Los de la mano en el corazón que votan con las tripas. Es en ese justo momento cuando uno va corriendo a la biblioteca a buscar Primer viaje en torno al Globo de Antonio Pigafetta, y lo deja, como el que no quiere la cosa, en la mesilla de noche de su hija mayor.

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