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Telemanía

Deprime la perspectiva de un mundo virtual en el que los individuos serían definitivamente islas

Nos vemos desbordados por una calamidad de proporciones gigantescas, cuyas consecuencias todavía inimaginables es probable que acaben afectando a muchas cuestiones esenciales, pero quizá en un futuro no lejano podamos confirmar que algunos de los cambios asociados a la gran crisis que se avecina -lo que vivimos, por desgracia, parece sólo el brutal preámbulo- eran predecibles en esta hora desolada. Hasta donde la reclusión lo permite, desde un presente suspendido que se hace ya demasiado largo, puede imaginarse que hábitos propios de pueblos menos comunicativos o más reservados, como el alejamiento entre los miembros de una misma comunidad, llegarán a otros de tradición muy distinta. Con razón se ha señalado la paradoja que supone el hecho de que en un mundo tan interconectado, definido por la posibilidad de acceder en cualquier momento a cualquier habitante del planeta, las personas se encuentren cada día más solas. No es difícil vaticinar que el impacto de la pandemia, sumado al temor de que sobrevengan otras, reforzará la penosa tendencia a rehuir las relaciones directas para cobijarse en los remedos que ofrecen las computadoras. Si se trata del terreno laboral, muchos analistas pronostican que el trabajo a distancia no será una solución provisional, sino una fórmula estable, ya ensayada a gran escala, que extenderá sus ventajas más allá del confinamiento. Entre ellas estaría la de dejar atrás los ritos o inercias de la vida de oficina que se han demostrado escasamente productivos, pero en otros aspectos esa distancia no invita a pensar, antes bien al contrario, que las condiciones de los trabajadores vayan a ser más favorables. Y por supuesto no faltan los que llaman a aprovechar el corte para propiciar la completa inmersión en la era digital, un entorno en el que los malos humores sólo pueden contagiarse -y de qué manera- en sentido figurado. No anuncia nada bueno este renovado furor higienista, pero confiamos en los anticuerpos de nuestras sociedades expansivas y bulliciosas, naturalmente refractarias a la clausura. No es que no haya entre nosotros gente hosca, ensimismada o recelosa del contacto físico, pero la bendita sociabilidad meridional, felizmente caracterizada por la cercanía, los abrazos indiscriminados y la promiscuidad afectiva, nos protege de un repliegue duradero. Desagrada esa asepsia, obligada ahora, que los obsesos querrían mantener como una permanente barrera profiláctica. Necesitamos tocarnos, acariciar las pieles, palpar la carne. Resulta deprimente la perspectiva de un mundo cada vez más virtual en el que los individuos, contradiciendo al poeta, serían definitivamente islas.

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