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Sur

Las salinas de Carmen Laffón cultivan una figuración que resulta, en su sobriedad esencial, casi abstracta

No es fácil definir una región tan vasta y diversa como la Bética, pero si hubiera que elegir entre los numerosos lugares de su territorio a los que los siglos y su propia singularidad geográfica han conferido resonancias míticas, sería el espacio donde las aguas del río grande se unen a las del océano, junto a la Argónida del poeta, el más claramente fundacional de una memoria que se retrotrae muy atrás en el tiempo, a una edad incluso anterior a la colonización de los pueblos marineros que situaron el enclave entre los confines últimos de Occidente. Allí, muy próxima a la "tierra virgen, primigenia, favorecida por los dioses" de la que ha hablado su vecino Caballero Bonald, se encuentra la casa donde Carmen Laffón, que lleva más de sesenta años pintando estos paisajes, tiene un estudio que es hogar y es refugio y es también, pues se ha consagrado a la belleza, una suerte de templo. En el panorama siempre cambiante de la desembocadura se dan cita el aire de la cercana marisma, los muros semicirculares del corral de pesca, la barra asociada a las historias de antiguos o recientes naufragios, los ecos amortiguados del trasiego de la carrera de Indias. Corren las velas de los altos ventanales y la claridad queda tamizada y la atmósfera invita a un recogimiento que tiene, por lo dicho, algo de sagrado. Muestra la pintora su maravillosa serie en curso, centrada en las salinas, un prodigio donde la depuración, la capacidad de sugerencia y el intenso lirismo que caracterizan su trabajo se aplican a una forma de figuración que resulta, en su sobriedad esencial, casi abstracta, aún más evocadora por haberse limitado, con alguna que otra nota de color, a los infinitos matices del blanco y el negro. Luego vemos los bocetos, curiosamente posteriores a las obras de amplio formato, donde las composiciones han adquirido trazas geométricas. Los graznidos de los patos y las zalemas del perrillo bodeguero acompañan el paseo por las viñas ajardinadas que han inspirado algunos de sus lienzos, dibujos o esculturas, una de las cuales está siendo laboriosamente restaurada, sarmiento a sarmiento, hoja a hoja, tras haberse deteriorado por efecto de la herrumbre. Lo explica todo en voz muy baja, con el dulce seseo del habla bajoandaluza, y más que hablar se diría que deja traslucir el flujo de la conciencia. Antes nos ha enseñado la casa que fue de su padre, las palmeras centenarias, el pozo ya desaparecido donde Carmen jugó de niña. Nos despedimos de ella con inmensa gratitud, conscientes del privilegio de haber disfrutado de su hospitalidad, henchidos de admiración hacia la menuda gran artista que ha atrapado en su obra la luz heridora del Mediodía.

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