En el año tres nos casamos y nos regaló las alianzas el Capitán Pescanova, que se dedicaba al vil metal y rondaba a la hermana del que tú sabes. Puso todo el empeño y el oro en el asunto, de tal modo que tu dedo anular se veía élfico anillado y lo mío era un anillo para gobernarlos a todos -decíais- pero parecía aquello la llanta de una vespa, mitad por el diámetro, mitad por el alarde del bendito capitán. El caso es que sólo me lo quitaba para dormir, y un día, después de dar coscorrón tras la comida en tu casa materna, parece ser, los cuarentaitantos gramazos de colorao se fueron a lo de Sadeco con los restos del papeo y ya no se supo más. No se supo más, pero evidentemente el hecho de que me desposeyera de la alianza para dormir era visto como una suerte de liberación: ese tipo de liberación que le permite a un joven esposo tener sueños liberales.

No hay mejor mes que agosto para escribir sobre los sueños liberales de un joven recién casado, y esa y no otra, como todos ustedes saben, era mi intención original: cantar al salitre y al amor, al sexo cuando viene, a todo lo del fuego y al crecer de las hijas que levantan el vuelo. Y de repente el virus, un tiro en las alas, cuerpo a tierra y todos juntos encerrados y a cumplir. Acaba agosto y no se aclara el horizonte de la vuelta al cole. Otro año más un alumnado público de casi millón y medio y un profesorado de ciento cuarenta y tres mil personas -sí, personas- se ven empujados por la Junta de Andalucía a convivir medio día cada día hacinados en espacios reducidos y mal ventilados, a temperaturas que incumplen de largo la normativa de seguridad y salud en el trabajo, y según días, horas y lugares, seguro que también la referente al ganado estabulado en Afganistán.

Todos los años al principio de curso se habla del asunto, todos los años se protesta más o menos tímidamente y al final, todos los años en septiembre llega la rutina arrasando con todo y a aguantar un año más, mientras el sistema sigue degenerando y la pasta fluyendo hacia un concierto sin sentido ni concordia, cada día más segregador y más alejado de la subsidiariedad que se le supone. Acaba agosto y al pensar en sueños liberales miro a Imbroda -o a Cs, mientras no se demuestre lo contrario- y veo la pesadilla del fusilamiento de Torrijos en las playas de Málaga. José María de Torrijos y Uriarte y Francisco Javier Imbroda Ortiz -y Cs, hasta que se demuestre lo contrario- comparten el liberalismo utópico. En el caso de Torrijos su liberalismo sólido y real se torna utópico el día de su fusilamiento; en el caso de Imbroda y su partido, su liberalismo teórico y etéreo se hace utópico el día que llegan al gobierno, adoptan la neolengua y se ponen a hablar de burbujas educativas como medida. No son burbujas, son pompas y no son ingrávidas y gentiles: este verano culos en pompa de los equipos directivos y en septiembre, pompas fúnebres. Váyase señor Imbroda.

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