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Segregación y 'anschluss'

El verdadero y radical triunfo del Orgullo es que la sexualidad ya no es motivo de segregación

La condición sexual del señor Marlaska, sus afinidades electivas, que diría el consejero Goethe, son un dato irrelevante y, en cualquier caso, marginal, que no debe impedirnos ver la exacta fisonomía de una derrota: aquella que ha convertido una expresión alegre y efusiva de la libertad en una party privada, donde se exige carné y un riguroso examen ideológico. Dicho asunto coincide con otra manifestación de este impulso gregario que sacude y consume a una parte no menor de los españoles. Ante la imposibilidad de celebrar el anschluss soñado, exhibiendo la ikurriña vasca en el Ayuntamiento de Pamplona, las alegres juventudes de Bildu han injuriado largamente a su alcalde durante la procesión de San Fermín.

Resulta difícil discernir qué produce mayor inquietud, si las crecientes muestras de autoritarismo que se dan en España (recordemos, una vez más, el infortunio de los demócratas catalanes), o la absurda tibieza con que son recibidas por la sociedad española. El triunfo del Orgullo no es que un señor pueda declarar su sexualidad sin que le aticen un mamporro los guardianes de una virilidad afligida. El verdadero y radical triunfo del Orgullo es que la sexualidad ya no es motivo de segregación. Y en consecuencia, ha devenido socialmente insignificante. Esta misma insignificancia es aplicable a la rémora nacionalista: gracias al régimen de libertades que hoy disfrutamos, nadie puede decirnos cómo hay que ser español, ni vasco, ni pucelano. Lo contrario sería una intromisión intolerable, opuesta a la naturaleza misma de la democracia. Y sin embargo, esta molestísima costumbre (ah, el vicio de distinguir entre buenos y malos españoles, que tanto ocupó a la literatura procesal de la España de posguerra), sin embargo, repito, esta ominosa estabulación no se ve con igual rechazo en toda España: la inmersión del individuo en el alma inmortal de los pueblos es lo que hoy se lleva a cabo, con mediano éxito, en Cataluña, y la que los aguerridos mozos de Bildu quieren trasplantar, con la ayuda de Geroa Bai, al viejo reino de Navarra.

Lo más preocupante, en todo caso, no es que la señora Barkos sueñe con euskaldunizar Navarra. Lo verdaderamente desolador es que este ensueño orwelliano se acepte como deseable y "progresista", mientras que las libertades cívicas se miran abiertamente con desdén. La extraña, la paradójica derrota de las democracias es, entonces, esta fatiga de la libertad, el repliegue del hombre al calor bovino de lo idéntico.

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