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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Santos y carniceros

Unos parásitos del dolor ajeno como Manikkalingam o Kendall no pueden darle una sola lección a la sociedad española

Las celadas y escaramuzas de la vida nos hacen más escépticos y sabios o, al menos, rebajan la ingenuidad de la juventud. Por ejemplo, nos enseñan que nunca hay que fiarse de las máscaras de la bondad. También que no hay peor narcisismo que el de los falsos santos. Elaborábamos tan elevados pensamientos mientras veíamos las imágenes de esa siniestra pantomima del desarme de ETA que tanto ha entusiasmado a la más naif (o no tanto) de nuestra biempensante progresía, que siempre ha estado dispuesta a lanzar salvavidas al nacionalismo radical vasco en sus distintas versiones política y criminal (ellos sabrán por qué). Ver a esos santones de opereta autodenominados como artesanos de la paz -la cursilería también es un crimen- dando lecciones a los españoles, a los que tachan de "primitivos" por su negativa a postrarse de hinojos ante un banda criminal, es uno de los espectáculos más obscenos a los que nos ha tocado asistir en los últimos tiempos. Unos parásitos del dolor ajeno como Ram Manikkalingam o Raymond Kendall -miembros destacados del llamado Grupo Internacional de Contacto (sic)- no pueden darle ni una sola lección a una sociedad como la española, que durante décadas ha sufrido la barbarie del terrorismo patriótico vasco con una paciencia que, a veces, se podía calificar de rumiante.

El hecho de que Josu Zabarte, por mal nombre El carnicero de Mondragón, fuese uno de los personajes destacados en el acto de apoyo al desarme en Bayona nos ofrece un botón de muestra de quiénes son esos orfebres, chapineros y escoberos que están "construyendo la paz" en el País Vasco. Por si alguien no se acuerda, el tal Zabarte carga a sus espaldas con 17 asesinatos. La paz que persigue este artesano es la de los cementerios, esos en los que hoy descansan al sol de este bendito abril los más de ochocientos cadáveres que ha dejado ETA como testimonio de su paso por la historia de España. Mención aparte merece la presencia en el aquelarre del arzobispo de Bolonia, Mateo Zuppi, que mejor hubiese hecho en invertir su tiempo en solicitar a la Iglesia vasca que pida perdón por su actitud luciferina. El clero vasco, lejos de ser un elemento para la paz, ha dado durante años apoyo logístico y moral a los criminales. Ahora, lo único que puede hacer es aprovechar estos días para hacer penitencia por sus muchos pecados. Ya lo dijimos antes: líbrenos Dios de los bondadosos y los santos.

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